Arcas vaciadas, cabezas vacías

Por Juan Tomás Ávila Laurel, escritor

De un tiempo a esta parte, y analizando en profundidad todos los acontecimientos de la historia inmediata de la actual África, podemos decir que el llamado mundo occidental sólo muestra su predilección por líderes africanos que destacan por el escaso respeto por los derechos humanos de sus ciudadanos, actitud a la que añaden la del acaparamiento vicioso del tesoro público, o de aquellos afectados de estados mentales morbosos. Y por contrario, no ha mostrado ninguna afección por los que mostraron signos de humanidad o sensatez. En palabras de andar por casa, que Occidente sólo muestra su predilección por los africanos malos, y desconfía, incluso odia, a los buenos.

Sólo así se podría entender la atención prestada por el mundo occidental a presidentes de mentes paranoicas como Idi Amín, Jean Bedel Bokassa o el todopoderoso, ya muerto, mariscal Mobutu Sese Seko, y en detrimento del infame trato que dieron a Patrice Lumumba, o las dudas que generaron con la muerte de Samora Moisés Machel. Una observación profunda hace creer que el que observa a los negros se regodea en el regocijo del descubrimiento de sus costumbres reprochables, como si la mente occidental quisiera continuamente, pero de manera espontánea, justificar su superioridad a costa del descubrimiento del lado oscuro de los negros. Y es que Ni Amín, ni Mobutu ni el emperador del imperio centroafricano que nunca existió hubieran llegados a aquellas cotas de barbarie e inhumanidad si el mundo occidental no los hubiera apoyado en sus locuras más abyectas.

En lo que se refiere al aspecto particular guineano, si desde el extranjero menos africano no hubieran armado a Macías, opaco líder incapaz de mantener en pie una sola estructura del Estado en once años, y desde el primer año de su gobierno, aquel régimen infernal que instauró no hubiera durado un solo año, pues si aquellos salvajes que él sacó de sus aldeas para sembrar el mal por todo el país no hubieran estado armados con armas modernas, a fe de todos que el resto de guineanos se hubiera armado de palos para restituir la legalidad y la cordura arrinconadas con su locura. Y es que no se entiende que en una Guinea en que no había ninguna escuela en pie los militares estuvieran equipados con armas automáticas. Porque, claro, hubiera sido una lucha desigual la de las ametralladoras con los bastones.

Hace seis años, en mi libro pequeño Cómo convertir este país en un paraíso, escribí: “Teniendo en cuenta la escasísima posibilidad de que un ex presidente o ex ministro negro de un país africano acabe sus días en un país del Norte viviendo a cuenta de los ingresos acumulados de manera poco clara durante la gestión en su país, ingresar estas cantidades fabulosas en esos países es regalar dinero a los que más tienen. Por eso, hacen lo contrario que Robin Hood: roban a los pobres para regalar a los ricos. Son unos antihéroes”.

La reflexión que aconsejo tras el recuerdo de esta frase es que probablemente su redacción coincidía con el ingreso de ingentes cantidades de dinero del tesoro guineano en bancos extranjeros. Pero si el que esto escribía, simple escritor que no atesora otros méritos académicos, ya estaba advertido de la imposibilidad de que un ex líder africano disfrutara del dinero amasado con malas artes y depositado en un país occidental, ¿podrían creer lo contrario los banqueros, los asesores políticos, los mismos políticos, los abogados y los juristas que aconsejan y ayudan a los líderes africanos a vaciar el tesoro público de sus países? La respuesta más plausible es no, un no rotundo. Solo, y solamente, podrían acariciar esta posibilidad si los líderes africanos que vaciaban las arcas de sus países alcanzaran un poder vitalicio. Es decir, o los que animaban a los líderes del tercer mundo a depositar su dinero en el extranjero eran ladrones, y pensaban quedarse con estos suculentos fondos, o por alguna causa injustificable querían que estos líderes permanecieran durante toda la vida en el poder, o legaran el mismo a sus descendencias. Esto es, son los que sostienen las dictaduras que comen el alma de los africanos.

Creemos que alguno habría tenido alguna duda si se hubiera dicho desde el primer párrafo que Idi Amín, Mobutu, Bokassa u otro infame dictador fueron invenciones macabras de Occidentes para someter a los negros. Hubiera sido una acusación que más de un occidental se habría adelantado a refutar y exigir inmediatas reparaciones. Máxime si se explicita la categoría racial de los que acusan. Pero el descubrimiento de la complicidad necesaria para hacer efectivo el ingreso millonario del dinero africano en bancos de Occidente es el hecho que acalla cualquier reclamación. Llegado aquí, tenemos que recordar una foto infame que recorre por el mundo de las comunicaciones virtuales: una madre famélica arrodillada ante un hoyo profundo donde yace muerto un ser suyo, niño o niña, que en su corta vida había sido más famélico que ella.

Nunca conocí las razones por las que esta foto vomitiva circula entre progresistas varios, pero aquel drama, que podría haber ocurrido en regiones africanas azotadas por la sequía y el hambre, tiene unos bordes imprecisos: en primer lugar, aquella mujer desfalleciente no tenía ni fuerzas ni herramientas para cavar aquel hoyo. Y en segundo lugar, los hombres que podrían haber sido los padres o tíos de aquel ser que en vida fue un simple despojo podrían haber estado armados con potentes ametralladoras en lucha de unos contra otros. (Si añadimos el hecho de que aquella mujer nunca tuvo una cámara fotográfica, por lo que su familia nunca pudo haber sido la autora de aquella foto, el asunto se vuelve sospechoso) Ocurre, como se sabe, en Somalia. Pero con el conocimiento que tenemos de las cosas de nuestro actual mundo, el que es capaz de comprar una sola pistola, una sola, no sabría justificar cómo su familia se empobrece tanto hasta morir de hambre, pues una sola pistola vale más que 5 sacos de arroz. Es decir, otra vez se está atendiendo solamente las necesidades periféricas de los africanos.

Hace dos días que unos jueces franceses vaciaron un palacio del hijo más conocido de Obiang, la operación pública más probatoria del apoyo de Occidente a los ladrones que nacen en África. Y hay, y hubo, más en otras partes. Mientras esto ocurre, uno de los que más hablan de los derechos pisoteados de los guineanos hace su vida en una cárcel infame, y su medio de vida, una clínica levantada con sacrificio, ha sido cerrada por orden de la dictadura imperante. La pobreza guineana es, por otra parte, de curso legal, no se desconoce. Por otra parte, nadie conoce los destinos finales de los millones que la familia Obiang disemina en el extranjero, como tampoco se habló de si su tío dejó alguna fortuna en un banco cuyo gerente se olvidó de restituir a sus legítimos dueños, pero esta situación de bonanza coincide no sólo con el atosigamiento personalizado en la vida del médico y activista encarcelado, sino del abandono a la oposición, que haría muchísimo si pudiera disponer de sólo la décima parte de los recursos que la dictadura regala a los ricos del mundo entero.

Pero no todo está perdido, pues con la convicción de que el disfrute de esta mínima parte de los recursos guineanos no es más que una reclamación de la restitución de la legalidad, los que luchan por los derechos de todos los guineanos, quienes en ningún momento tienen que confundir la suya con la lucha por el poder, podrán exigir la asistencia de un tesoro expatriado que, ahora más que nunca, lo necesitan más que los que lo dilapidan impunemente.

Fuente : FronteraD

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