Profesor Celestino Okenve Ndo: “…en realidad Enrique Nvó no huye. Enrique Nvó fue a Camerún a cumplir una misión”

Celestino OKENVE (Micomeseng, 1950). Profesor universitario jubilado que vive a caballo entre España y Guinea Ecuatorial. Entre su deber, la política; y su devoción, la aviación. Cual hombre del Renacimiento, ha bebido de diversas fuentes del saber: Ingeniero de Telecomunicaciones, Economista, Piloto civil y paracaidista. ¡Ahí es nada! Opositor político a las dictaduras de Macías, primero; y de Obiang, después. Ha sido encarcelado, torturado y exiliado. Ahora, desde el grado que da la experiencia, vive la política con la certeza de que los imperios duran, pero nunca cien años. Como un buen corredor de fondo.

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RM: Profesor Celestino Okenve, muy buenas noches y gracias por aceptarnos la entrevista.

Buenas noches.

RM: Salud, familia, trabajo ¿Cómo está? ¿Cómo le trata vida?

No me puedo quejar. Estoy bien; y la familia también. Mis hijos, hermanos y sobrinos están todos bien. Mi madre todavía vive, es ya muy mayor. Digamos que en ese sentido no puedo me puedo quejar mucho.

En cuanto a mi salud, pues bueno, es evidente que ya soy una persona mayor. Pero tengo la gran suerte de que me conservo relativamente bien. Y yo creo es porque mi corazón siempre ha sido bueno… [Risas] Hay mucha gente me pregunta cómo me conservo tan bien; y yo creo que cuando se ama más que se odia, cuando no se miente o cuando no se roba… se envejece mejor.

Y de la última golpiza sufrida en Malabo, en el subterráneo de la comisaría central. Me dieron unos cuantos golpes, sobre todo en la cara, y estuvieron a punto de partirme el ojo. Estuve a punto de quedarme ciego. En España fui intervenido de urgencias mediante una operación de rayos láser en la retina del ojo, y parece ser que va quedando bien. Estoy haciendo revisiones y según me comentan –los médicos– también me he recuperado… Así que por suerte, por ese lado también me encuentro bien.

RM: Quiera Dios que así sea por mucho tiempo.

Naces en 1950 en un país ocupado o colonizado. Y en ese entorno te crías hasta que en 1961 ingresas como interno en el Colegio “La Salle” de Bata hasta 1968. En ese espacio de tiempo dejamos de ser un ‘COLONIA’ en sentido formal del término y pasamos a tener estatus de ‘AUTONOMIA’, que es, a su vez, el preludio de lo que luego fue la INDEPENDENCIA. ¿El niño que fuiste cómo vivió todo aquello? Desde el punto de vista familiar, social y estudiantil ¿Qué ambiente se respiraba? ¿Cuáles son tus primeros recuerdos de la infancia, en un entorno como ese?

Los que me tocó vivir fueron momentos históricamente cortos, pero muy intensos. Mi padre, que era militar, debido a que su trabajo le exigía moverse con cierta frecuencia yo anduve prácticamente por toda la geografía nacional: Batete, Baney, Rebola, Niefang, Micomeseng, etc… Viviendo la última etapa de un colonialismo del que mi primer recuerdo es el Apartheid que había entonces. Eso fue lo que más me llamó la atención. Recuerdo que había bares en los que nosotros –los negros- no podíamos entrar. Bueno, en realidad no todos los negros, sino los indígenas; porque los colonos crearon una doctrina en virtud de la cual a los nativos nos dividían en indígenas y en emancipados; éstos últimos digamos que eran negros homologados como ciudadanos españoles. Los indígenas, en cambio, no teníamos capacidad para hacer muchas cosas.

RM: Eso es importante, porque en la memoria colectiva del guineano perdura la creencia de que todos los que nacieron durante el periodo colonial tenían estatus de ciudadano español, lo cual es falso, según dice usted.

Se trataba de una doctrina colonial copiada del modelo de colonización de Francia y Portugal. Así se implantó el concepto de indígena en Guinea. El indígena no tenía capacidad para nada, para desplazarse, para comercializar productos, para pedir créditos o para hacer lo que sea tenía que utilizar los servicios de alguien mayor o superior a él. Y ese alguien era el Patronato, que era la institución que les hacía el patronazgo a los indígenas. De hecho, el nombre concreto era Patronato de Asuntos Indígenas.

Pues los indígenas no podíamos estar en ciertos sitios. Y esos son los recuerdos que guardo de entonces, el haber intentado entrar en un bar y que me viniera un señor a decir que yo no podía estar ahí. Lo cual no entendía en absoluto. Y mi madre me hacía retroceder… [Risas] Ya entonces me atrevía a algunas cosas.

También recuerdo que en Micomeseng, íbamos a ver a los blancos jugar a tenis, mientras nosotros, los niños negros, hacíamos de recogepelotas [risas]. Entonces una vez que me tocó recoger una pelota, me detuve un rato y tardé un poquito en devolverle la pelota a una de las personas que estaban jugando. Y ocurrió que, en ese momento, ese hombre blanco se dirigió a mí y gritó diciendo: “¡Devuélveme la pelota, nigua!”…

RM: ¿No te llamó negro sino nigua?

No, no, no. Me llamó nigua. Y eso es algo que no se me ha olvidado nunca. A partir de ese día dejé de ir a recoger pelotas y empecé a mirar a esa gente –a los colonos– de otra forma. Porque, claro, como niño que era, les veía como seres normales y corrientes. Eran blancos y tenían más poder, pero les veías como personas normales. Por eso no entendía el porqué ese señor tenía que insultarme; a pesar de que estábamos ahí para ayudarles recogiendo pelotas. Encima con un término como ése: “Nigua”.

RM: ¿Pero sabías lo que es una nigua? [Risas]

[Risas] Claro, yo sabía lo era una nigua. Un bichito que se nos metía en los pies y nos molestaba, y digamos que, como es natural, no digerí bien el calificativo… Todo hay que decirlo, no podíamos recoger todas las pelotas aunque imaginábamos donde habían caído. Así que algunas que caían lejos, íbamos a buscarlas después de los partidos y las que encontrábamos nos las quedábamos para jugar.

Esos dos detalles: el de no poder entrar en un sitio y el haber sido llamado ‘nigua’ por un tonto que andaba por ahí jugando al tenis, ya me marcaron en mi infancia, en relación al colonialismo

Otra cosa que me marcó fue la huida de mi tío Enrique Nvó. Me marcó muchísimo. Yo tenía 8 años, cuando Enrique Nvó se fue a Camerún.

RM: Con ocho años sabías que tu tío se había ido a Camerún. ¿Pero entendías porqué? ¿Entendías que huía por ser perseguido?

No, no. No entendía por qué se había ido. Porque parecía que por haberse ido a Camerún mi tío había cometido un gran acto delictivo; esa era la sensación generalizada. Y yo no lo entendía. Él se fue, y de repente empezaron a detener a mucha gente.

RM: Una cosa que se nos ocurre preguntarle acerca de eso. En ese momento, el de la huida de Enrique Nvó, ¿Ya tenían fama o acogida de héroes nacionales? ¿El guineano medio de entonces tenía ya conciencia de que, al menos, habían ya algunas personas que intentaban liberarnos? ¿o los percibíamos como simples delincuentes por huir?

No. No había conciencia de eso, porque la lucha la llevaban a cabo unas cuantas personas. Un grupo muy minoritario.

RM: De hecho esa fue la razón de la huida.

No. Porque en realidad Enrique Nvó no huye. Enrique Nvó fue a Camerún a cumplir una misión. De hecho, la última vez que vi tío fue en Rebola, donde estaba destinado mi padre en ese momento. Sucedió que Enrique Nvó vino del continente para asistir a una reunión en Baney; y pasó por Rebola para saludarnos y para verse con mi padre. Pero mi padre no estaba en casa en ese momento, así que nos saludo –a los niños– y a mi madre; se tomó un vaso de agua y continuó su viaje a Baney.

Cuando volvió de Baney pasó otra vez por Rebola para verse con mi padre. Y le dijo –Enrique a mi padre– una frase extraña que ahora es sólo una graciosa anécdota. Le dijo: “Nzang Okenve –que era como se llamaba mi padre–, la próxima vez que meas tendré la barba superpoblada”. Y luego se fue. Resulta que la misión que se le había encomendado a Enrique Nvó en la reunión de Baney era la de denunciar la situación del país en el exterior. Por eso se fue. Pasó por nuestro pueblo, Micomeseng, para cruzar la frontera con Camerún, habida cuenta de que desde nuestro pueblo se llega a la frontera en menos de 20 minutos… Se fue mi tío, y ya no volvimos a verlo.

Poco tiempo después mi madre tuvo que volver al pueblo a dar a luz –en esa época era costumbre que las mujeres, estuviera el marido destinado donde fuera, volvieran al pueblo a dar a luz–. A nuestra llegada a Micomeseng, para que mi madre tuviera al niño, nos encontramos con que se estaba teniendo a todo el mundo, o a mucha gente, y que todo el mundo hablaba de Enrique Nvó. Cosa que no ocurría antes. Porque nadie hablaba de Enrique Nvó salvo la minoría que participaba en la lucha: Acacio Mañé Elá, Enrique Gori Molubela y muchos otros más que hoy son los padres de la Independencia… Ellos sí que sabían lo que estaban haciendo. De hecho, la reunión de Baney tiene lugar en ese pueblo porque en Baney había un líder Bubi –ahora no me viene el nombre– que estaba participando en la lucha por la independencia; lo cual desmiente el discurso de muchos bubis que dicen que los bubis no lucharon o no querían la independencia. Al menos algunos de ellos, muchos de ellos, sí que la querían y sí que lucharon por ella.

RM: [Risas] Bueno que lo digas…

RM: Cierras tu etapa en “La Salle” y te trasladas a Madrid en 1968, se entiende que fue antes de la Independencia. ¿Es correcto?

Si. Fue exactamente un mes antes de la independencia… [Risas]

RM:[Risas] Según cómo se mire, te salvaste por los pelos… Y según tenemos entendido, 1974 es el año clave en su vida política. Clave por ser el año en que inicias, por así decirlo, tu particular travesía por el desierto… Empiezas tu lucha contra la dictadura de Macías de la mano del abogado Leoncio Edjang Avoro, en el seno del partido C.R.N o Comité Revolucionario Nacional. Háblanos un poco de estos inicios. De los quiénes, los cómos, cuándos, los dóndes y los porqués.

Bueno, yo en Madrid estudiaba gracias a una beca del gobierno autónomo –el gobierno autónomo y las diputaciones provinciales eran las dos instituciones que daban becas para cursar estudios universitarios en España–. Entonces, cuando estudiaba en Madrid, en los veranos me iba a Guinea de vacaciones.

La última vez que estuve en Guinea por vacaciones, me contaron que un tío mío, Isidoro Abaha, había sido asesinado en Bata.

RM: ¿Estamos hablando de la Autonomía o en la Independencia?

Hablamos de la independencia. Es ya el régimen de Macías… Y sí, a mi tío lo mataron en la famosa ‘Matanza de Ngolo Ayob’ –donde asesinaron y enterraron en fosas comunes a muchas de las personas más preparadas del país, acusándolos de intento de fuga–.

Mi tío era maestro en Ebebiyín; y yo le quería mucho porque con nueve años me enviaron con él para que quedara a su cuidado en Ebebiyín. Me dio techo, cama, plato y educación. Le tenía muchísimo cariño, y a sus hijos también… Aparte de esto, hay que tener en cuenta que mis años de bachillerato y de estudios de ingeniería fueron años de ilusión, en los que los estudiantes becados pensábamos en formarnos para luego poner nuestros conocimientos al servicio del país y ayudar, de ese modo, a sacar el país adelante. Entonces, cuando me enteré de la muerte, no podía entender cómo podían haber matado a mi tío –que era un buen hombre, una persona indefensa y, además, maestro de prestigio–, cuando mi padre era, a la sazón, el jefe del ejército de Macías y ocupaba el puesto de mayor responsabilidad militar… Entonces le pregunté a mi padre ¿Cómo había podido pasar lo de mi tío con él de jefe militar de Macías, y sin hacer nada al respecto? Yo no lo entendía.

RM: Claro, debió parecerte una incongruencia…

Efectivamente, era una incongruencia. Corría el año 1973, y que fue mi último año en Guinea durante el régimen de Macías. Le dije a mi padre: “Yo no vuelvo aquí, porque no estáis haciendo las cosas bien. Me entero de que hay muchas muertes en el país, muchos asesinatos. Este país no va a ningún sitio; y toda la ilusión que tenía de volver al país después de cursar mis estudios se ha desvanecido”.

14682134_686663314841818_1213071563789028308_oRM: ¿Y ya entonces notabas que la ilusión que había podido despertar, en el pueblo, el paso hacia la independencia se desvanecía, dado que las cosas no iban todo lo bien que se esperaba?

Sí, sí. Ten en cuenta, además, que al ser mi padre al ser jefe del ejército, vivíamos en la parte de atrás del palacio presidencial; junto con el Comandante Tray, que era el militar de mayor graduación; y un señor llamado Pedro Elá Nguema, que era el jefe de la Casa Civil… Quiero decir con esto que yo vivía bien, no me faltaba de nada. Tenía todo lo que necesitaba, incluso un coche.

RM: Podría decirse que eras un ‘pijo’… [Risas]

[Risas]… Sí, yo era un pijo. Además cursaba estudios, las cosas no me iban mal… Vamos, que la vida me sonreía. Pero sin embargo, de pronto tomé la decisión de que eso no era lo mío. Yo no podía volver a ese país donde se mataba a la gente, sin explicación alguna, para participar de todo aquello… Y volví a Madrid.

Volví a Madrid, pero no estaba haciendo ninguna actividad política. Fue un año más tarde de volver yo cuando llega Leoncio Edjang Avoro a Madrid; y nos dice que Pastor Torao y otros cuantos, que eran los padres de la independencia que quedaban vivos, le habían dicho que saliera urgentemente del país con los estatutos del Comité Revolucionario Nacional y que dijera a la gente que “hay que hacer algo” porque el país se estaba hundiendo. Claro, con esas explicaciones a mí me convenció rápidamente. Y fue así como empecé mi actividad política.

R.M: Aprovechando que estamos en esa época, mediados de los años ’70. La dictadura de Macías está en su momento álgido. Nos gustaría preguntarle por Obiang… Merced a la relación familiar o etnoclánica que le unía a Macías, es vox populi que Obiang por ese entonces ya pintaba algo en el panorama político nacional. Ya se le conocía como brazo ejecutor de muchas de las atrocidades que se cometieron durante el régimen de Macías. Y queríamos preguntarte, primero si coincidiste con él en ‘La Salle’, porque tenemos entendido que él también fue lasallista. Luego, cuando estuvo en la academia militar de Zaragoza; preguntarte si coincidisteis como estudiantes en España… Y después, cuando empezó a adquirir algo de relevancia en la administración o en el ejército de Macías, si lo conociste personalmente o a través de sus actuaciones… Lo que nos interesa saber es si, desde tu punto de vista, ya se intuía en Obiang algo del mal bicho que luego ha llegado a ser.

Bueno, yo era muy joven cuando estaba en La Salle; estuve de los 10-11 años hasta los 18 años. Éramos unos críos. Pero luego, había unos señores que nos vigilaban o cuidaban de nosotros en los patios de recreo o en las excursiones que organizaba el colegio. Esas personas se llamaban monitores. Y eso es lo que era Obiang: un monitor. Eso sí, vivió con nosotros todos esos años, pero no era un estudiante formal… [Risas], no era compañero nuestro. Piensa que Obiang es quizá 8-10 años mayor que yo, era ya un señor maduro.

RM: Estaba haciendo lo se llamaría un destajo… un trabajillo.

Sí, más o menos. Pero también debo explicar, también, una cosa que creo que no está recogida en ningún sitio. El colegio La Salle dependía de la Diputación Provincial de Rio Muni. Los huérfanos y niños, que unas razones o por otras, estaban en una situación desgraciada eran gestionados por la Diputación Provincial, que heredó las funciones de lo que antes era el Patronato de Asuntos Indígenas. Este patronato tenía una serie de instituciones, entre ellas una ‘Casa Cuna’ en Micomeseng, quizá también la leprosería… en fin, todo lo que eran acciones sociales lo llevaba a cabo la Diputación Provincial. Entonces, la diputación en el año 1958 crea el colegio La Salle, que acogía a algunos de los niños que llegaban a los diez años, y que, por tanto, ya no se les podía tener en una ‘casa cuna’; entonces eran acogidos en La Salle por los curas conocidos como Hermanos Lasallanos.

Ocurre que algunos de los monitores –entre ellos Obiang– en realidad formaban parte de la función social de la Diputación Provincial. Obiang estaba en La Salle porque se había dicho que Obiang no tenía padres…

RM: Buenos, la versión más extendida es que su padre –el de Obiang– era un ladrón. Unos dicen que robaba gallinas y otros dicen que robaba cabras; pero lo de ladrón no se discute.

Robara lo que robara el padre, quien lo trajo a La Salle fue su tío, Fructuoso Mbo Oñana, que había sido durante casi toda su vida cabo segundo de la guardia colonial –el cabo ‘a secas’ de toda la vida–. El hombre no sabía leer ni escribir, por lo que no había manera de que ascendiera en el escalafón militar… [Risas], así que fue Cabo toda su vida. Luego, con Obiang ya de presidente, llegó a General.

El caso es que fue ese Fructuoso Mbo Oñana, tío directo de Obiang, quien pidió como favor al presidente de la Diputación Provincial que acogiera a su sobrino Obiang, cuyos padres habían muerto –alegó Fructuoso–; y que no sabía qué hacer con él… Entonces a Obiang le acogieron en calidad de huérfano, y en compensación a esa acogida (cama, plato y alguna cosa más incluida) Obiang hacía de monitor cuidando de los chavales en los patios de recreo. Es de ese modo como Obiang acaba en La Salle.

RM: O sea, que no era un estudiante formal.

No. No lo era.

RM: ¿Y por qué carambola de la vida, acaba en la Academia Militar en Zaragoza, alguien que se supone que no tenía la formación necesaria?

Bueno, sucede que en los años 1962-63 se decide crear en La Salle una sección de bachillerato nocturno. Nosotros hacíamos lo que se conocía como bachillerato laboral. Y lo se estaba creando en ese momento era una sección para recuperar o instruir a las personas, más o menos, mayores. Eso se llamó bachillerato administrativo. Iban incluso ministros de la Autonomía; y en esa sección nocturna empezaron a estudiar los monitores, entre los que estaba Obiang… Pero vamos, Obiang no llegó pasar del tercer curso de bachillerato. Dada su avanzada edad lo metieron en 2º o 3ª, pero no llegó a pasar de ahí, recuerdo.

Lo que es verdad es que cuando España se da cuenta de que no le queda más remedio dar la independencia a Guinea Ecuatorial, cae en la cuenta, también, de que no había ni un solo oficial nativo… Por ejemplo, el caso de mi padre. Mi padre estuvo en el ejército, en la guardia colonial. Llegó a cabo, ascendió a sargento y ya no subió más. Los sargentos tienen rango de Suboficial, y mi padre no podía ser Oficial porque los que estaban en la guardia colonial, los nativos, no podían ir más allá. Por lo que no había ningún oficial nativo; ante lo cual España decide –de forma chapucera, como lo hacen casi todo– formar a los primeros oficiales guineanos nativos.

La selección de los futuros oficiales se hizo mediante exámenes en Bata y Malabo de estudiantes de los colegios más importantes del país (Escuela superior, La Salle, etc.), pero que ya tuvieran una edad apta para irse al ejército. Entonces, las autoridades competentes al ir a La Salle en busca de estudiantes, recibieron de los Hermanos Lasallanos la respuesta de que sus alumnos –los chavales que estudiaban en La Salle– eran demasiado jóvenes para ir al ejército, pues ninguno tenía más de 18 años. Antes eso, los Hermanos Lasallanos ofrecieron a tres de sus monitores –que ya tenían más edad– para que participaran en los exámenes que daban la posibilidad de convertirse en oficial. Y entre esos tres monitores estaba Obiang.

No lo sé con seguridad, pero según me cuentan después, de los tres monitores salidos de La Salle para participar en los exámenes, Obiang no aprobó. Aprobaron dos.

RM: Entre ellos Melanio Ebendeng ¿Puede ser?

No. Melanio no era de La Salle.

Aprobaron dos: Maximiliano Meko y otro señor de cuyo nombre no me acuerdo…

Pero luego sucedió una cosa extraña. El padre del segundo monitor que aprobó se negó a que su hijo, habiendo aprobado el examen, fuera al ejército. Por la razón que sea, ese padre entendía que el ejército era algo negativo, por lo que hizo retirarse a su hijo, dejando vacante o sin dueño un billete para Zaragoza. Se daba también la circunstancia de que el colegio La Salle, dado su prestigio en la época, tenía que tener representación; como mínimo las dos plazas correspondientes a sus dos alumnos aprobados en el examen.

RM: Y Obiang se cuela…

¡Exactamente! Obiang se coló ahí. Porque había que meter a gente de La Salle.

RM: Una carambola tras otra…14712859_686663294841820_7391733896012113508_o-1

¡Como ha sido toda su vida! Es la suerte del demonio… o del diablo.

Y por esa carambola, Obiang se cuela –maldito destino– y ocupa la plaza que dejó vacante el monitor de La Salle retirado por deseo de su padre. Es así como Teodoro Obiang acaba en el grupo de los once que fueron a la Academia Militar de Zaragoza.

Mi padre también fue a la academia. Pero a otra academia. Era un lugar que se conocía como Academia Auxiliar Militar, en Villaverde (Madrid). Era una Academia de transformación, que sirvió para que los suboficiales pasaran a ser oficiales. Y fueron tres los suboficiales guineanos que acabaron yendo a esa academia: Marcos Boné, Jesús Eworo y mi padre.

Se hizo un examen para todos los suboficiales nativos de la guardia colonial y mi padre obtuvo la mejor nota. Quedó nº 1… Claro, mi padre, que era sargento, en realidad iba para maestro. Pero tuvo la desgracia de que murió su padre; o sea, mi abuelo. Y mi padre tuvo que dejar los estudios lo hubieran convertido en maestro porque tenía que mantener a la familia, así que había que trabajar en algo. Pero, con todo y eso, la formación que traía de sus estudios para maestro le sirvió para aprobar y quedar el primero en el examen que se hizo a los suboficiales. Él siempre trabajo en temas administrativos por esa razón… En fin, que hubo dos academias: Zaragoza y Madrid (Villaverde); que es algo que mucha gente tampoco sabe.

Pero sucedió que el grupo de los once que fueron a Zaragoza, en el que estaba Obiang, en lugar de estar los 5 años mínimos que debían pasar en la academia para salir como tenientes, estuvieron 2 años, me parece, y salieron con el rango de alférez porque les faltaba tres años de formación. Pero había que dar la independencia, así que tuvieron que regresar rápidamente a Guinea… El grupo de mi padre se volvió a Guinea un año antes, tuvieron la suerte de completar su formación con normalidad… Por eso siempre digo, y me tendrán que perdonar, que mi padre fue el primer Oficial que tuvo de Guinea Ecuatorial. Al quedar, por nota, como el nº 1 de tres primeros oficiales que tuvo el país. En el escalafón de Guinea, el primer oficial nativo fue mi padre.

RM: Pero no hay que pedir perdón… Si es verdad no hay problema en decirlo.

Ya, pero es que la gente a veces me mira como si tuviera la culpa de algo… Mi padre fue el primer Oficial, igual que yo fui el primer Ingeniero de Telecomunicaciones y el primer Piloto guineano

RM: Ah! ¿Qué también eres piloto?

Sí, soy piloto civil.

RM: Como Jerry Rawlings

Sí, sí. Pasa que Jerry Rawlings era militar… y yo soy piloto civil. Me saqué el título en 1970. Y eso los pilotos guineanos lo tienen que saber; de forma que el día que se honre a la aviación que lo tengan en cuenta. También soy paracaidista… porque a mí la aviación siempre me ha gustado.

Entonces la historia es ésta… Obiang se metió por esa carambola, por la suerte de la vida. Porque había que meter a gente de La Salle, dado el prestigio de la escuela; ellos –los monitores– eran la gente mayor de La Salle porque los estudiantes de la escuela éramos todavía unos críos. Va a Zaragoza con una formación muy baja, porque dos años de bachillerato no son suficientes; y vuelve con una formación también muy corta porque los trajeron rápidamente después de dos insuficientes años de formación militar, porque la independencia era inminente.

Ellos volvieron en 1966-67, porque se barajaban dos posibilidades: Por un lado, como acabó ocurriendo, podíamos ser independientes en muy poco tiempo y tenían que quedarse en el país… Por otro lado, se planteaba la posibilidad de prolongar la autonomía otros cuatro años, lo que les hubiera dado el tiempo necesario para volver a España y obtener una formación militar más completa.

RM: Quizá hubiera sido mejor. Pero, bueno, eso ya nunca lo sabremos… [Risas]

En efecto… [Risas]

¡¡¡CONTINURÁ…!!!

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