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Literatura y opresión

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IV SEMANA DE LITERATURA GUINEOECUATORIANA UNIVERSIDAD DE VIENA (AUSTRIA) 

Sean mis primeras palabras para agradecer a los promotores y organizadores de esta Semana de Literatura Guineoecuatoriana la amable invitación que me permite estar aquí hoy. Al no ser mera cortesía, sino sentimiento sincero, mi gratitud debe ser expresada a personas e instituciones concretas, que trabajan desde hace años para que la literatura que nos esforzamos en hacer los guineanos sea más difundida, y, por tanto, conocida. Nadie escribe para el cajón de su mesa; por lo cual son necesarios los altavoces, estos agentes culturales que, desde cualquier ámbito y país, transportan y esparcen el mensaje que encierra nuestra labor más allá de las fronteras de nuestra propia mente. Y aquí, en Austria, nuestro cómplice por excelencia es Mischa Hendel, presidente de la Asociación Cultural Bildlike. Desde que, allá por 2008, me escribió para comunicarme su proyecto de realizar el documental “Voces literarias de Guinea Ecuatorial”, le presté cuanto apoyo me fue posible; compruebo hoy, con satisfacción, que mereció la pena: no solo se convirtió en un documento audiovisual de referencia obligada, único en su género, sino produjo otros frutos importantes: escritos, conferencias y la Asociación que patrocina estos encuentros.

Gratitud merecida igualmente por cuantos forman y colaboran con la Asociación, desde su vicepresidente, el Dr. Max Doppelbauer, a mi querido amigo, colega y compatriota Joaquín Mbomío. Vivo en España desde hace casi medio siglo, tiempo de duro exilio -ilusiones y frustraciones ininterrumpidas, hasta confundirse en una sola sensación-, tiempo de aprendizaje continuado que aquilató mi espíritu hasta lograr cierta madurez intelectual y dosis suficientes de equilibrio emocional; y, también, tiempo siempre parco para llenar tantas carencias como requiere un espíritu inquieto, curioso y sereno como el mío. Por eso, si hubiese ocasión estos días, le pediré al profesor Doppelbauer que me ilustre sobre un tema que vivo de modo accesorio, ocupado y preocupado por cuestiones más inmediatas que condicionan mi vida: los gitanos. Descubrí en él al verdadero experto, ponderado en su sabiduría, y si ya en mi primera novela aludo de manera tangencial a la marginalidad que circunscribe cuanto afecta a esa etnia y su cultura, no será para mí inútil adentrarme con alguna profundidad en su circunstancia, ejercicio siempre provechoso en mi oficio de persona humana.

Comprenderán que me alegre, de modo particular, este encuentro en Viena con Bikutsí, convertido en animador de Bildlike.Joaquín Mbomío y yo nos llamamos así cariñosamente desde aquella lóbrega y sin embargo memorable noche en que, queriendo burlar el aplastante letargo de Malabo, intentamos hallar un solaz demasiado fugaz en una choza de palmera y nipa de Sampaka. Atraídos cuan insectos por el tibio resplandor de débiles destellos de bombilla que herían las espesas sombras -toda una isla envuelta en tinieblas por la zafia ineptitud del patriarca y sus secuaces-, incapaces de sustraernos al vibrante son enquistado en nuestras almas desde los albores del tiempo, ahora ejecutado por Nkodo Si Tony y Rantamplán -cuya música iluminaba los negros rostros cetrinos de aquellos escasos trasnochadores que vivían su paraíso-, nos vimos atrapados por el hechizo del ancestro, moviendo con frenesí los entonces gráciles esqueletos al ritmo frenético de los xilófonos y los timbales. Nos miraban con asombro, ¿recuerdas?, por corroborar esa vulgaridad tan extendida, según la cual el negro es ritmo y el blanco pura idea. A nosotros, únicos trasuntos de blancos en nuestra Guinea onerosa, nos consideraban “intelectuales” -esa horrenda palabra, al menos aplicada a mí en aquel contexto-, y sólo nos veían como ideas, pensamiento, inteligencia, modernidad: o sea, pasividad, sumisa y altiva resignación. Nadie en Malabo, hasta entonces, había percibido que también éramos -o podíamos llegar a ser- músculo en movimiento, acción. Porque fueron tiempos duros, manteniendo encendida la tea, como fuese, en la cruda noche eterna, mientras bramaban los tornados sacudiendo nuestro espíritu. Y no nos doblaron, ni quebraron. Por eso estamos ambos hoy en Viena, únicos supervivientes del aquelarre, “salidos de la olla” como decimos en fang, porque el silente guiño a las esencias descendiendo del pedestal para bailar “bikutsí” en Sampaka actuó como conjuro. No nos doblegaron ni quebraron, como finalmente lograron quebrar y doblegar a cuantos espíritus libres tuvieron a su alcance, incluidos los reformistas que soñaron con quiméricas transformaciones desde dentro: Rafael María Nze Abuy, Feliciano Ntugu,   Constantino Ocha´a, Anselmo Nsue Eworo, Sotero Si, Jesús Ndong Bindang, Tomás Buomangongo, Dámaso Obiang, Felipe Hinestrosa, Daniel Mba Ndemensogo, Andrés Molongua, Gervasio Evuna, Leandro Mbomio, Juan Balboa, Carlos Krohner, Antonio Fernando Nve Ngu, Juan Efúa, Antimo Esono, Antonio Nkulu Oye, Esteban Esono, Lucas Owono, Federico Ela, Eloy Eló, Manuel Nsé Nsogo, Carlos Ntutumu…; no pudieron -ni podrán- doblegarnos como doblegaron a Joaquín Mbana, a Ciriaco Bokesa, a Anacleto Oló, a Carlos Nsue Otong… a tantos guineanos valiosos reducidos a sombras de sí mismos; el oscurantismo exterminó y agostó a demasiados compatriotas que encarnaron el germen de un futuro portentoso; al final secaron el árbol de la Ciencia, y quedó la hojarasca. Ya nunca será igual nuestro paisaje, segados árboles tan frondosos. Por fortuna, nuestros lares se conjuraron aquella noche de “bikutsí” en Sampaka para insuflarnos coraje y fortaleza para mantener incólume nuestra voluntad de resistencia, testigos pasmados, pero testigos, y mensajeros exhaustos, pero mensajeros, de una verdad incontestable pese a todas las apariencias: jamás triunfaron las tinieblas sobre la luz. Y estamos hoy en Viena para dar testimonio de nuestra determinación y cumplir con fidelidad la sagrada misión: esparcir por el orbe, con nuestra palabra hablada y escrita, la proclama de libertad, prosperidad y dignidad que continúan clamando nuestros muertos en nuestras almas desde la insondable eternidad en que yacen.

No por citarlo en último lugar es menor mi reconocimiento a esta Universidad que nos alberga: a sus autoridades académicas, a sus estudiantes, especialmente a los presentes, por su deferencia al permitir que nuestra modesta voz sea oída en estas aulas por las que resuena la Historia, los ecos de la doctrina de ilustres sabios que contribuyeron a que nuestra propia existencia fuera menos sórdida. Por todo ello, es un honor inmenso ser escuchado aquí.

Considero, pues, este acto como reconocimiento explícito de la madurez y solidez de nuestra literatura. Proclamación del creciente interés de nuestra joven cultura nacional, forjada por el esfuerzo, fe e ilusión de pocos, ante la incredulidad de unos y la burla de otros. Cultura nacional que tomó estado de naturaleza en el Congreso Internacional Hispánico-Africano, celebrado en Bata en 1984, y adquirió entidad propia con la publicación, ese mismo año, de mi Antología de la literatura guineana.Reconocimientos que asumimos con humildad, conscientes de la exigencia de   redoblar los esfuerzos con el mismo entusiasmo, y la necesidad de trabajar con mayores dosis de responsabilidad. Responsabilidad para no ofrecer a los lectores frutos inmaduros, para producir obras de calidad, en el fondo y en la forma, capaces de incidir en las mentes hasta lograr subvertirlas. Así resistirán la criba del tiempo, ese crítico implacable, transgresor de modas y otros parámetros extraliterarios. Como dije, oportunidades como ésta   contribuyen a la difusión de nuestra labor; labor callada, jalonada de sacrificios increíbles, realizados desde la honestidad y la esperanza, con rigor y tesón; a sabiendas de que algunos quisieran ignorarla, minimizarla, ningunearla, ahogarla, para lo cual no nos ahorran obstáculos, descalificaciones y hasta calumnias, en un inútil afán de embarrar nuestro firme compromiso con la causa de la justicia, con la causa de la libertad, con la causa de la dignidad de nuestro pueblo, de nuestro continente; conscientes de ello, continuamos en nuestro empeño primigenio: contribuir con nuestra tarea a la construcción de nuestra sociedad, a través de una genuina cultura nacional, abriendo nuestro país hacia horizontes más ilusionantes. Pese a nuestro pasado colectivo tan poco edificante, pese a nuestro presente descorazonador, pese a toda intriga para acallar nuestras voces y excluirnos del paraíso, podemos afirmar que, gracias a la generosidad de lectores, críticos, estudiosos del mundo entero, se afianza nuestra convicción de que el futuro es nuestro. La seguridad que adquirimos en actos como éste es, en sí, un éxito que da sentido a cuatro décadas de lucha permanente contra envidias, distorsiones tendenciosas y torticeras, malquerencias e incomprensiones. A todos, nuestra infinita gratitud: a los amigos y a los mezquinos, porque, lejos de amilanarnos, son estímulo y acicate para seguir en la brecha.

Treinta años después de la publicación de mi Antología de la literatura guineana, podría echarme a la bartola y dormirme en los laureles, pues veo, con asombro, que ese librito es reputado de “clásico” por la crítica internacional, y reconocido con rara unanimidad como la piedra fundacional de la literatura escrita en mi país. Como mi trabajo no es criticar a los críticos, gente grave imbuida de sabiduría desde la hondura de sus cátedras, me limito a aceptar con humildad su dictamen. Esa obrita ha dado inmensos frutos: sus escasas 211 páginas se convirtieron en las voluminosas 927 que contiene la última actualización, elaborada por Mbare Ngom y Gloria Nistal. Lo cual significa que consiguió crear escuela, y tenemos hoy muchos más escritores de los existentes en 1984. Como no puede haber escritores sin obra, tiendo a creer que la consolidación de la literatura de Guinea Ecuatorial no se debe a una moda; no es un engañoso “bluf”, puro artificio que brilla hoy para apagarse mañana; no es, como las “sabias realizaciones” del régimen que nos oprime, también destinado a ser “de triste memoria”, un edificio vacío sin función ni funcionarios; la literatura de Guinea Ecuatorial, pese a las circunstancias en que ejercemos este oficio tan necesario, puede hoy citar nombres y títulos que no desmerecen ni en el conjunto de las letras hispánicas, ni en el conjunto de las letras negroafricanas. Si diseñasen y ejecutasen la política cultural personas idóneas, simplemente interesadas por el desarrollo cultural de su país, también contaríamos con lectores dentro de Guinea Ecuatorial. Aunque, bueno es precisarlo, no sean nuestros compatriotas los únicos destinatarios de nuestra escritura: la literatura, si es veraz, si tiene alma, si es creíble, debe ser capaz de trascender fronteras, idiomas, culturas, para interesar a cualquier ser humano de cualquier época o lugar. Es uno de los atributos de su grandeza. Por todo ello, me disculparán si me muestro razonablemente satisfecho y serenamente orgulloso del amplio desarrollo de aquella semilla plantada hace treinta años en circunstancias poco propicias, pero convencido de no sembrar en un erial. Al afirmar la madurez de la literatura guineoecuatoriana, confirmo asimismo la solidez de un fenómeno cultural y político ya irreversible, pues está en la base de nuestra especificidad como pueblo, como Estado independiente, con una personalidad propia, perfectamente definida.

Mi primera Antología, libro pionero, cubrió, pues, de sobra sus objetivos. El primero de los cuales era, obvio es, reunir y dar a conocer las entonces escasas y balbucientes manifestaciones literarias de mi país, lo cual permitía insertarlo definitivamente en la modernidad: situar a Guinea Ecuatorial entre los pueblos que crean y no solo consumen, entre las sociedades que dan y no solo reciben, entre los pueblos que escriben para que permanezca lo creado, trascendiendo la oralidad, víctima del tiempo y de la desmemoria; en suma, que ocupase su lugar entre las naciones hispánicas, herencia de nuestra Historia, conservando en plenitud su peculiaridad afro-bantú. Dicho de otra manera: sin menospreciar nuestras tradiciones orales, de las que somos los escritores africanos claros herederos, quise situar a mi país dentro del siglo XX, con la mirada puesta en el S. XXI, para no quedar anclados en un pasado estático, para que abandonásemos progresivamente los modos y modelos ancestrales y adecuásemos nuestra tarea a las nuevas formas de creación y expresión cultural.

Al afirmar que el escritor africano actual es el heredero natural de los narradores de la tradición oral, de los griots o trovadores, revelo otra de mis propuestas esenciales. Por circunstancias fáciles de entender, las culturas tradicionales de los pueblos guineanos no podían seguir circunscritas fundamental y exclusivamente a sus formas precoloniales; era obligado adecuar nuestra creación a los tiempos nuevos, modernizando a la vez contenidos y modos de expresión, para romper el círculo cerrado en que podríamos haber quedado atrapados si nos conformábamos con los caminos trillados de la tradición, renunciando a la tarea de acometer las transformaciones y reubicar nuestras culturas, para que fueran acordes con las exigencias de nuestra realidad presente. Del mismo modo como los artistas plásticos africanos experimentan con materiales nuevos, realizando así una obra genuina inserta en la universalidad, los narradores, pensadores y poetas no podíamos seguir ignorando el decisivo papel de la escritura, aportada por la colonización.

Me confesé siempre un modesto discípulo de Frantz Fanon, y un aprendiz de africanos ilustres como Kwame Nkrumah, Amílcar Cabral y Agostinho Neto, para quienes el anticolonialismo militante que indudablemente profesaron no significaba rechazo de las aportaciones esenciales de otras civilizaciones, como la técnica, la escritura y la lengua; nunca entendí a esos intelectuales africanos que denuestan las lenguas originariamente europeas en las que nos expresamos ahora los africanos, puesto que las hemos adoptado como instrumentos de liberación y de proyección hacia la universalidad; las hemos hecho nuestras, tan nuestras como nuestras nativas africanas, las hemos transformado, las estamos vivificando, enriqueciéndolas, para que sirvan a nuestros intereses, uno de los cuales es la imprescindible fijación de nuestro pensamiento, de nuestros sentimientos y de nuestras emociones africanas, para dar testimonio de nuestro tiempo y conservar la memoria. No soy lingüista, ni político con poder para determinar el papel de nuestras lenguas bantú en el proceso educativo; no se puede poner sobre los hombros del escritor tamaña responsabilidad. Nuestro oficio es escribir, y mientras se lo piensan los lingüistas y los políticos, nuestra obligación es usar este instrumento a nuestro alcance para sacar de él el máximo partido.

Nunca fui partidario de que los africanos regresemos a la tribu; no necesito blandir la lanza ni ponerme un taparrabos para pasear mi “africanidad” por aquí, aunque sólo sea por no “desafiar al invierno”, como versifica, con amarga ironía, el magistral poeta, compatriota y entrañable amigo Paco Zamora, en su lúcido poema “El prisionero de la Gran Vía”; tampoco llevaré nunca a mis hijos a los curanderos, porque la medicina avanzó mucho más allá del mero conocimiento empírico del poder curativo de ciertas plantas; si admitimos estos progresos como ventajas del momento que vivimos, debemos ser consecuentes con casi todo lo demás. El tiempo actual nos exige luchar por la libertad, la dignidad y el desarrollo; no existe ninguna razón válida que nos obligue a pensar y vivir como nuestros abuelos y bisabuelos. Ellos no conocieron el mundo más allá de donde pudieran llevarles sus pies y nunca experimentaron la sensación de la velocidad porque no conocieron ni la bicicleta ni la moto, ni, mucho menos, el coche, el barco o el avión; reivindico para mí las ventajas de discurrir por el mundo en un tiempo en que ya no soy esclavo de nadie y sí he llegado a ser profesor de un plantel de jóvenes estadounidenses de toda raza y procedencia, en una Universidad de un Estado que guerreó contra la abolición de la esclavitud; vivo en una época en que el hijo de un emigrante africano dirige la nación más poderosa de la Tierra; pertenezco a una generación que puede deleitarse con los libros que quiera leer, con la música que más le agrade, informarse de cuanto ocurre en el mundo a través de los periódicos, la radio, la televisión o Internet, en esta sociedad de la información en la aldea global; un tiempo en que puedo alejarme de mi recóndita aldea natal y viajar por el mundo explorando otras formas de pensamiento, las distintas maneras de ver, vivir y sentir este mundo, comparando lo mío con lo de los otros. Existo ahora, hoy, y tengo la obligación de asumir los desafíos de mi tiempo, y no pensar ni comportarme como mis antepasados.

Lo cual no significa que deba diluirme en una universalización informe que me prive de mi propia personalidad o cercene mi identidad, puesto que las diferencias entre los seres humanos son garantía de su pluralidad, y no tengo por qué parecerme a un señor de Oklahoma, Shangai, Murcia o Salzburgo, pues estoy obligado a conservar cuanto de positivo contienen las tradiciones de las que soy heredero. Mundialización y globalización cultural son eufemismos aterradores que sólo camuflan el pensamiento único, la perfecta fórmula que nos llevaría a un nuevo choque de civilizaciones, a la inhumana confrontación cultural. Nuestra propuesta siempre fue simple: el africano debe adecuar al tiempo presente las estructuras de su tradición y asumir las ventajas de la modernidad, fundir en una síntesis armoniosa esos dos conceptos que a menudo nos presentan como antitéticos, pero que no lo son, para conseguir personas libres y seguras de sí mismas que piensen y vivan sus vidas de acuerdo consigo mismas, sin renunciar a sus más íntimas convicciones; que sean respetuosas con los modos de vida de otros pueblos y exijan reciprocidad en el ejercicio de ese mismo derecho, sin que nadie imponga a nadie sus peculiares usos y costumbres. Porque está comprobado: los conflictos se alimentan de la ausencia de empatía, esa prepotente pretensión de algunos de imponerse sobre otros, esgrimiendo, según épocas, supuesta superioridad biológica, cultural, religiosa, técnica o moral, cuando la base de la paz no es el uniformismo, sino la libertad de cada persona para pensar y expresar o manifestar su pensamiento de manera autónoma, sin coacciones, sin denigrar o ridiculizar las demás formas de pensamiento y expresión. La libertad de expresión, como el resto de las libertades, no puede seguir circulando en un carril de sentido único; todos los humanos somos libres de expresar nuestras ideas y emociones, sin que por ello tengamos que soportar ser estigmatizados por otros. Al igual que otros respetamos leyes, normas y valores muchas veces absurdas, incomprensibles o en todo caso ajenos, poseemos   plena legitimidad para exigir absoluto respeto para nuestros símbolos y valores, incluso a aquellos que no tengan respeto por los suyos: pilar de la democracia, esencia de la libertad, garantía de convivencia armoniosa. La lucha contra el fanatismo la iniciamos en África hace más de dos siglos, y seguimos en el empeño, porque, como decían nuestros mayores, no hay colonos buenos y colonos malos; hay colonos, y eso basta.

De manera que Guinea Ecuatorial, a mi forma de entender, y una vez salidos del trauma colectivo que supuso la década ominosa de Macías –que novelé en Los poderes de la tempestad-, necesitaba definir con claridad sus señas de identidad. Y esos rasgos fundamentales de nuestra personalidad, de nuestra identidad nacional, son, sin duda alguna, la fusión armoniosa de la lengua hispánica, adquirida a través de nuestra Historia, y los elementos afro-bantús, heredados de nuestras tradiciones negro-africanas. Por más anticolonialistas que seamos –ni en una sola línea de cuanto llevo escrito en cuarenta años de vida profesional puede encontrarse una justificación del colonialismo; al contrario-, el hecho es que no podemos borrar la Historia y actuar como si lo que sucedió no sucedió. Ya es hora de dejar atrás radicalismos infantilistas; más de medio siglo después de conseguidas las independencias -aun siendo plenamente conscientes de los perversos condicionamientos del sistema neocolonial- podemos darnos cuenta de que no todos los males de África son atribuibles al colonialismo europeo; alguna responsabilidad tendrán esos dirigentes nuestros que compran mansiones de ensueño, centenares de coches lujosos, aviones de última moda, trajes de modistos de renombre y mantienen cuentas e inversiones super-multimillonarias en Europa, América y paraísos fiscales, pero son incapaces de construir y equipar escuelas, hospitales y viviendas en sus países. Alguna responsabilidad tendrán esos dignatarios que se manifiestan en París contra los bárbaros asesinatos de Charlie Hebdo, pero permanecen callados como putas -y pido perdón a las putas- ante los miles de compatriotas suyos que pierden la vida cada día, desde hace un cuarto de siglo, en el Mediterráneo, o en el desierto sahariano, o en las costas de Canarias, en su huida desesperada de las satrapías que sustituyeron a los gobiernos coloniales. Algo tendrán que ver…

Esa necesidad de definir la personalidad y las señas de identidad de Guinea Ecuatorial era para mí evidente a principios de la década de los 80 del pasado siglo, y, por desgracia, se convierte en un imperativo ineludible treinta años después: piensen, sencillamente, en que, ahora mismo, algunos andan jugueteando con asuntos tan importantes como la lengua oficial del país, que equivale a la identidad de nuestro país. Nos metieron con calzador en la francofonía, después en la lusofonía; ahora que están endeudados con China hasta las cejas y se acrecienta la influencia asiática en el país, razonable es pensar, desde la experiencia de la errática política lingüística practicada en los últimos 36 años, que mañana nos impondrán el mandarín. Como resultado, afloran perversos síntomas de despersonificación del Estado y de los ciudadanos, ante la degradación del nivel de comprensión del español oral y escrito, sustituido por la nada, pues no dominamos ya ninguna lengua, sea francés, portugués, fang, bubi, ndowé, bisió, annobonés o pidgin-english. Empobrecieron tanto la capacidad de comunicación que cada guineano se expresa en su jerga. Y corremos un serio riesgo: muy pronto, no sabremos quiénes somos, ni de dónde venimos, ni adónde se nos lleva. La trágica paradoja es que los perpetradores de este crimen cultural se llaman a sí mismos “nacionalistas”, son acérrimos partidarios de la “autenticidad” y demás falacias demagógicas, cuando, en realidad, son meros epígonos del neocolonialismo.

Temas que estamos obligados a plantear, como escritores y como ciudadanos, puesto que inciden en nuestra creación literaria y en nuestras vidas; imposible soslayar los aspectos políticos que conforman nuestra existencia y condicionan nuestra labor.   Necesitamos una clarificación de la política lingüística en Guinea Ecuatorial; nos va en ello nuestra personalidad como individuos, afecta a nuestra identidad como pueblo y condiciona nuestro futuro como nación. Necesitamos una política educativa y cultural que nos saque del subdesarrollo mental y nos sitúe en el siglo en que vivimos. Necesitamos una política educativa y cultural que ilusione a nuestros jóvenes y les prepare para afrontar los desafíos de su existencia. Necesitamos políticas informativas y culturales que nos reconozcan personas inteligentes y no zombis subnor-males que tragan cualquier idiotez que se les ocurra. Necesitamos, en suma, políticas que nos liberen de la servidumbre y nos devuelvan la condición de ciudadanos. No pueden esperar que permanezcamos indiferentes a cuanto nos afecta de modo tan primordial, sobre todo cuando la solución es posible: poseemos recursos humanos y económicos que nos permitirían progresar; y, sobre todo, tenemos voluntad de progresar, clamor unánime del conjunto de la sociedad. Nuestro ferviente anhelo es introducir la racionalidad como principio rector de la política cultural y, a ser posible, de toda la política del Estado, pues conforman nuestras vidas presentes y futuras. Por todo ello, ni fuimos ni seremos   indiferentes ante la errática actuación de dirigentes que esparcen su ignorancia en vez de combatirla, de individuos que demuestran a diario que carecen de criterio, a los que se les secaron las ideas -si alguna tuvieron- y que se muestran incapaces de conducir al país por la senda de la racionalidad, única que desemboca en progreso, desarrollo, libertad; en definitiva, a la dignidad exigible en este siglo.

El Congreso de Bata urgió la creación de la Academia correspon-diente de la Lengua Española en Guinea Ecuatorial, único país hispánico que carece de ella. Su necesidad es obvia: el “español guineano” tiene su léxico, sus modismos y particularismos, que se reflejan en el habla y en la escritura. Lo demuestran diversos estudios filológicos, desde los precoloniales, debidos al malogra-do profesor guineano Manuel Castillo Barril, hasta los más actuales, a cargo de prestigiosos lingüistas como los españoles Antonio Quilis, Celia Casado-Fresnillo y Guillermo Pié-Jahn, o el estadounidense John Lipsky. Va siendo hora de que tales guineanismos se fijen en el Diccionario de la Lengua Española, como están recogidos los americanismos. El país cuenta con profesionales destacados, tanto en la creación literaria como en la investigación filológica. Ante estas consideraciones, luché por este tema durante mi etapa de director adjunto del Centro Cultural Hispano-Guineano de Malabo, e incluso reclamé su constitución por escrito en la revista “África 2000”; pero choqué con la megalomanía de un presidente que quiere presidirlo todo, incluso instituciones profesionales que tratan asuntos que ni sabe, ni comprende, ni le interesan. Porque lo suyo es sólo figurar. Así se fue retrasando un tema importante, resucitado últimamente como medio de chantaje a España, como si fuera España el país interesado. A ese nivel de inconsciencia han llegado. Para “compensar” la entrada en la francofonía y en la lusofonía, en 2009 “nombró” cinco académicos correspondientes, encargados de desprestigiar la institución, dado su nulo bagaje y aporte intelectual. Y cuando estos días nos anuncian la creación de la Academia, nos tememos que será un engendro más destinado a prostituir la cultura, otorgando tal prebenda a cortesanos aduladores incapaces de exhibir mérito alguno para estar donde están.

Triste resulta constatarlo, pero la realidad es que, en estos 47 años de independencia, los gobiernos de Guinea Ecuatorial sólo fomentan la ignorancia y la desculturización. Desculturización que afecta a los creadores, pues, además de observación e imaginación, este oficio exige capacidad y capacitación. Un escritor no se improvisa. No es escritor cualquier ser petulante sentado ante un ordenador pergeñando sus paridas. Escribir requiere una formación continua, lo más sólida posible, autodidacta o académica. El escritor necesita tener a su alcance elementos auxiliares, complementarios a su tarea creativa: lecturas, cine, teatro, y, sobre todo, libertad de pensamiento, de comunicación y de expresión. ¿Cómo puede florecer la ciencia, cómo pueden desarrollarse las letras y las artes en un país rico, tercer productor de hidrocarburos del África subsahariana, en que no existe una sola biblioteca, una sola librería, un solo periódico, un solo cine, un solo teatro, un solo auditorio, ni libertad para lamentar siquiera tales carencias, pues se consideran “ofensas al jefe del Estado” por las que es fácil terminar apaleado hasta la muerte en cualquier lóbrega comisaría? ¿Cómo justificar a unos gobernantes que sólo fomentan las culturas estáticas y sienten pánico ante cualquier manifestación del saber? Sin editoriales, sin libros de texto en las escuelas, con maestros poco formados que carecen tanto de material didáctico como de estímulos e incentivos, imposible elevar los niveles de alfabetización; así, los índices de lectura son prácticamente inexistentes. Si nuestras obras no pueden tener eco en los medios de comunicación audiovisual monopolizados por el único que manda y están vetadas en el sistema educativo; si no nos nutre una información cotidiana fiable; si determinados temas son tabú; si los poderes públicos protegen y ensalzan los vicios; si los únicos modelos sociales son los delincuentes que hacen ostentación de una riqueza robada, estupran a niñas aún tiernas, y cometen toda clase de abusos con total impunidad y nos obligan a estar callados o a no traspasar determinados niveles de crítica, nuestra labor no puede fructificar; se transmite entonces a la sociedad el mensaje de que la literatura es inútil, de que escribir “es cosa de blancos”. Al fomentar la ignorancia, al despreciar el saber, al condenar al ostracismo a los espíritus libres, abanderados del progreso a lo largo y a lo ancho de la Historia, se consigue el adocenamiento, la abulia, la muerte de esa curiosidad tan necesaria para que germinen las artes y las ciencias. Con el vicio convertido en modelo de comportamiento social, premiando a los mediocres, castigando el mérito y el esfuerzo, con la impunidad como estímulo, con la deshonestidad como norma, con la inmoralidad como ejemplo, con la ignorancia como meta, así matan el saber, las ganas de saber y la utilidad del saber. Y la literatura -como en otras épocas y latitudes- puede ser un eficaz instrumento para introducir un discurso diferente que propicie los cambios de mentalidad y, por tanto, los cambios sociales. Hablo de una literatura honesta, perdurable, no de hagiografías; hablo de escribir, no de pergeñar folletitos laudatorios para el deleite de los príncipes; hablo de escritores, no de pelotilleros arribistas, intrigantes mendaces ni bufones palaciegos. No dejaré de insistir: creamos un espacio de libertad en el que no caben los diletantes. Igual que ser médico se acredita sabiendo curar; igual que no es carpintero todo aquel que diga serlo, sino quien construye muebles que todos podamos ver y utilizar, tampoco puede colarse en este gremio de escritores gente sin ética ni estética, sin moral, sin siquiera una obra que merezca tal nombre. Lo demás se llama intrusismo. Y tenemos que ser claros, serios, firmes y rigurosos para que los intrusos no consigan desbaratar esta labor.

Como ven, nuestra andadura literaria no es un camino de rosas. A la inquina del poder constituido en Guinea Ecuatorial, se une la hostilidad de sus cómplices extranjeros, sobre todo en España, donde percibimos nulo interés en proteger y promocionar su lengua y cultura en África. No se comprende a menudo nuestra posición de africanos que nos expresamos en español y queremos seguir haciéndolo, y por ello estamos obligados a aportar a nuestro ámbito cultural y lingüístico nuestras concepciones negro-africanas, una de las cuales es la ausencia de la noción del “arte por el arte”. Para nosotros, el arte es utilitarista, tiene que ser bello y armonioso a la par que útil. Por razones conceptuales y pragmáticas, puesto que nuestras sociedades aún están lacradas por el analfabetismo y la ignorancia, concebidas desde los poderes públicos como mecanismos de opresión, no podemos circunscribir nuestra labor a un esteticismo banal. Sabemos que la literatura es un arte y, como tal, debe ser bella. Pero añadimos que también debe ser útil, para que sirva a las necesidades de nuestros pueblos, ya que luchamos al mismo tiempo por la construcción cultural de nuestras sociedades, contra toda forma de manipulación, contra las tiranías que nos sojuzgan, contra el subdesarrollo y la miseria, contra el racismo y el tribalismo, contra todas las formas de mixtificación de la realidad. Todo ello conforma el andamiaje básico de las propuestas literarias de los africanos de hoy.

Entonces sobran, para nosotros, los juegos de artificio, esa literatura que sólo sirve para deleitar a los cuerpos bien nutridos consumidores de literatura. Puesto que somos parte de nuestra sociedad y no vivimos aislados, encerrados en una urna de cristal sólo dedicados a hedonismos narcisistas, no podemos dejar de estar preocupados y expresar esa preocupación por la increíble crueldad de nuestros gobernantes, de sufrir con nuestros compatriotas las carencias materiales y espirituales, de estar junto a esas madres y a esos padres desesperados porque les falta lo necesario para alimentar a sus hijos, o darles una pastilla que aminore sus fiebres palúdicas; debemos estar, y estamos, junto a esos niños hambrientos que no tienen ni la esperanza de comer, junto a esos millones de jóvenes sin porvenir ni horizontes que abandonan África, huyendo de la miseria material y moral, y cruzan desiertos y mares en condiciones más que penosas para alcanzar la otra orilla del mundo, donde se figuran que está el Edén, cuando sólo encuentran un precipicio hacia la muerte. Cumplimos, pues, una de las exigencias y la principal justificación de toda literatura: dar testimonio de nuestro tiempo. Así es desde los orígenes de la escritura, de lo que tenemos infinitos ejemplos en toda la Literatura universal. Y los africanos estamos más obligados a ello, porque nos hemos hartado de que otros narren e interpreten nuestra Historia y nuestras culturas, tergiversándolas a menudo; debemos tomar las riendas de nuestras culturas, sacar a nuestras sociedades del ostracismo de siglos y ponerlas al mismo nivel de conocimiento que las de los demás pueblos de la Tierra; y, sin que ello suponga minusvalorar otras técnicas y otros géneros, creemos que a través de la literatura conseguiremos llegar antes y mejor a las otras culturas desde nuestra propia esencia, haciendo realidad ese cada vez más necesario diálogo de civilizaciones.

Como los juglares de nuestra tradición, somos los dueños del verbo, los intermediarios por excelencia entre la palabra y la acción. Hurgamos en nuestras almas para exteriorizar las necesidades del cuerpo social, para hacer explícitas tanto las carencias como los anhelos, para proponer, como vehículos del cambio, las transformaciones necesarias para la evolución, e incluso para la supervivencia. Y ese papel autoasumido, necesario en el actual estadio de nuestro desarrollo, no es suficientemente valorado por los detentadores del poder cultural de los mundos superdesarrollados de Occidente, que sólo esperan encontrar en nuestra obra o un esteticismo vacío, o un exotismo vacuo. Pero seguiremos reivindicando ese papel utilitarista de la literatura, una literatura que subvierta las mentes y sacuda los espíritus, una literatura que obligue a ver el mundo también desde nuestra perspectiva, una literatura comprometida con las exigencias de nuestras sociedades, pues, como escribió Max Aub, la literatura o es pasión, o no es. Estética, sí; arte, sí; pero al servicio de nuestros pueblos, y no un deleite egoísta y solitario para el goce de ociosos egoístas y solitarios.

Pese a todo, en los 30 años transcurridos desde la publicación de mi Antología de la literatura guineana, la literatura producida por los guineanos ha adquirido entidad propia; no sólo ya no suena a algo extraño, a un ejercicio de voluntarismo, sino que está dando obras relevantes. Otro motivo de serena satisfacción para mí, pues una semilla sembrada en el erial está dando frutos preciosos. Prueba de ello es este acto, esta IV Semana de Literatura Guineoecuatoriana de Viena, y otros que ha habido, y otros que seguirán aquí o allá, como expresión del interés que suscita entre los críticos y los medios académicos e intelectuales de muchas partes del mundo. Porque constatamos que ya no estamos solos:   tanto el concepto, como la realidad que subyace, salieron definitivamente del ostracismo para emerger con acento propio, y consiguieron un espacio dentro del conjunto de las literaturas hispánicas. Lo demás depende de nosotros mismos, los creadores de Guinea Ecuatorial: seguir trabajando sin miedo, sin complejos, sin descanso, sin desmayo, superando obstáculos y sinsabores, con la seguridad de que nuestras voces ya no quedan ahogadas en el lóbrego piélago de la indiferencia. Pero, lejos de dormirnos en la autocomplacencia, el reto sigue en pie. La utopía no ha muerto. Tenemos que conseguir lo que ahora parece imposible. Aunque como escritores no estemos obligados a llevar a la práctica nuestras ensoñaciones, al carecer de todo poder tangible, sí tenemos el poder de anticipación, el poder de proponer, el poder de transformar, el poder de la palabra, vehículo de toda acción. Ellos nos llaman “teóricos”, haciendo despectiva esta palabra. Pero nosotros sabemos, y debemos enseñarles, que todo empieza con la formulación teórica, con la idea, con la palabra. Ellos ni tienen ideas, ni tienen la palabra, que son nuestras. Y no podemos prostituir esa sagrada misión, porque, aunque sólo sea como ciudadanos honestos y coherentes –aunque ya dijo Galdós que la coherencia es una virtud que no da de comer-, estamos obligados a ponernos en la piel de los miserables que rumian en silencio su miseria, al estar privados hasta del derecho al pataleo, y no pueden ni maldecir su suerte.

Este don que poseemos debe tender a liberarnos de la opresión, no a reforzar a los opresores. Escribí en 1981, en un artículo aparecido en “Diario 16”, que jamás me paralizarían ni el miedo ni la pereza. Hoy puedo decir que tampoco me paralizaron ni la hostilidad, ni la calumnia, ni la pobreza a que me redujeron, ni cualquier otra malquerencia. Seguí y seguiré en el empeño de propiciar que libertad, desarrollo y dignidad sean realidades en nuestros países, en mi país. Libertad, desarrollo y dignidad como aspiraciones irrenunciables, puesto que constituyen un oxígeno imprescindible para que podamos respirar, pues sólo tras alcanzarlos, escribiremos lo que deseemos escribir, nuestros lectores leerán lo que quieran leer y mereceremos respeto y consideración del resto de la Humanidad.

Termino con una revelación: en los momentos de zozobra, evoco, cuan jaculatoria, estas palabras de Miguel Sánchez Ostiz, referidas a Julio Caro Baroja, marco de toda mi andadura: “La verdadera aventura intelectual es solitaria, independiente, pacífica y libre”.

Infinitas gracias por su atención. Dankessen.

Donato Ndongo

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  1. La triste historia de cualquier alcohólico tiene habitualmente una triste historia,no fui la excepción. Pero voy a decir que he vencido la desgracia. Gracias a mi familia que me ha apoyado en los momentos difíciles, y también gracias a AlcoBarrier preparado del alcoholismo , pues me ayudo a deshacerme completamente de la dependencia mortal que me causaba el alcohol.

    Mi nombre es Elizabeth. Tengo 32 años .Hace seis años me he vuelto dependiente de la bebida, nada me impedía ser feliz, viajar, perfeccionarme en muchas direcciones, querer la familia, ocuparse de la creación del confort, pero yo estaba muy molesta por mi peso excesivo, había aumentado 15 kilos más y esto ha desfigurado mi hermoso cuerpo esbelto. No podía librarme de ningún modo de la grasa probaba diversas dietas, practicaba deportes pero nada funcionaba y todo esto me llevo a la depresión…

    la instrucción de AlcoBarrier

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