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En la muerte de María Nsue Angüe

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Maria NsuePor Donato Ndongo-Bidyogo.

No me sorprendió la muerte de María Nsue el 18 de enero en Malabo. Igual que a otros compatriotas ilustres, unidos por amistad y generación –el historiador Constantino Ochá’a y el escultor Leandro Mbomío como paradigmas–, considero a esta escritora víctima de sí misma. No es lugar ni momento para los pormenores, que irá rellenando el inexorable futuro. Baste decir hoy que siento como propia la intensa frustración que minó sus existencias, plegados a los oropeles engañosos del altar de ídolos perecederos, cuando estaban dotados por los dioses eternos del germen de la inmortalidad.

En esta larga andadura, uno ha escrito sobre casi todo; pero he de confesar que el género panegírico resulta particularmente ingrato. Para salirme de la glosa tópica, recordaré mi artículo La Patria como madrastra, publicado en 1991 en la revista África 2000, que animaba en el Centro Cultural Hispano-Guineano de Malabo: en él defendí la necesidad de que los guineanos abandonemos los usos necrófilos tan extendidos, esos aparatosos homenajes póstumos a ciudadanos que en vida apenas merecieron consideración alguna. Porque resulta incuestionable que ni Constantino Ochá’a, ni Leoncio Evita, ni Leandro Mbomío, ni Juan Balboa, ni María Nsue vivieron la vida que soñaron. Y un larguísimo etcétera. Así, una portentosa pléyade de intelectuales valiosos no pudo aportar al país su esencia íntima, que resumiría en otro modelo de convivencia, nuevas formas de concebir nuestras culturas, concepciones diferentes de cómo estar en sociedad y, sobre todo, su saber.

Como pronto se sucederán los estudios sobre su obra, analizando y ponderando su aportación a la literatura de los africanos que nos expresamos en español, realizados por doctos especialistas aquí y allá, no me corresponde a mí esa labor. Fiel testigo y profundo conocedor de la peripecia existencial en que concibió y desarrolló su parca creación –circunstancia que explica esa misma parquedad–, el más honesto homenaje que puedo expresar ante sus despojos es pespuntar las claves para comprender su profunda esencia humana. Por lo leído y escuchado, le reprochan su posicionamiento político y menoscaban su obra exigua, sobrevalorada para alguno. Lejos de mí ditirambos y descalificaciones sectarias, manipulaciones de espíritus mezquinos, incapaces de ahondar en las realidades de los fenómenos que contemplan. Como la mayoría de los guineanos que padecieron y aún viven bajo las dictaduras impuestas desde nuestra independencia, María escondió su alma bajo siete llaves, pudorosa máscara autoprotectora que aminora la intensidad del sufrimiento íntimo. A menudo toca bailarle el agua al último de la fila para conjurar «males mayores». ¿Quiénes somos para juzgar desde fuera las reacciones estridentes de personas que jamás hicieron mal a nadie? ¿Y quién tirará la primera piedra en una sociedad incapaz de reconocer a sus héroes, tan amorfa que lleva siglos poniendo la otra mejilla o contempla impasible las atroces condiciones en que transcurren sus banales existencias?Donat

Conocí a María en Malabo en 1981, durante el viaje de pesquisas para elaborar mi Antología de la literatura guineana (1984), libro en que apareció su nombre impreso por primera vez. Descubrí a una mujer animosa, conversadora ágil e inteligente que se expresaba en un español perfecto, sin esos modismos que luego plasmaría en su celebrada novela Ekomo (1985), característicos de su modo de narrar, y la anclarían en una categorización grata a los exploradores de exotismos. Supe entonces que la joven María había sufrido vejaciones indecibles durante la traumática tiranía de Francisco Macías, que entonces parecía superada; entre sus múltiples concesiones, jamás le oí nombrar a su padre, José Nsue Angüe Osa, temprano y reconocido activista anticolonialista, ministro de Educación en el primer gobierno de la independencia, asesinado por quienes había contribuido a aupar al poder. Detalle revelador, digno de análisis por los escudriñadores de la mente humana. Tras aquel primer contacto, sucedieron múltiples encuentros: el Congreso Internacional Hispánico-Africano de Cultura (Bata, 1984) y reuniones culturales en Madrid o Nueva York. Pero nuestra amistad se forja, sobre todo, durante mi gestión como director adjunto del Centro Cultural Hispano-Guineano de Malabo (1985-1992). Fue María quien me habló de su primo Felipe Osa Angüe, portentoso escultor, empeñado en hacer pervivir objetos de la tradición fang. Me desplacé expresamente a su pueblo, Biyabiyán (Ebibeyín) para conocer el precario museo donde almacenaba su obra. De ahí surgió la primera exposición de arte tradicional organizada por el Centro Cultural, inaugurada por el presidente de la República.

En el Centro fundé una editorial y dos revistas, que sirvieron de soporte para el impulso de la literatura escrita en Guinea Ecuatorial, acicates para sus creadores y andamios para la revitalización de nuestra cultura nacional. Ante mi insistencia en contar con sus textos, María me decía que no escribía para publicar, sino para la posteridad. Sospecho, por ello, que su legado puede ser importante. Su difusión pudiera esclarecer y enriquecer nuestros conocimientos en muchos aspectos. Sería deseable que sus deudos no demoren su exhumación. En casi medio siglo de existencia como nación, demasiadas «bibliotecas» se han perdido en Guinea Ecuatorial con la muerte de quienes pudieron ilustrarnos sobre un pasado reflejado en el presente.


Donato Ndongo-Bidyogo nació en Niefang, Guinea Ecuatorial, en 1950. Escritor y periodista, fue director adjunto del Centro Cultural Hispano-Guineano de Malabo, delegado de la Agencia EFE en África central y director del Centro de Estudios Africanos en la Universidad de Murcia. Su extensa labor de difusión del africanismo en España es unánimemente reconocida y está considerado como el máximo impulsor de la literatura escrita en Guinea Ecuatorial.

Fuente : El blog África vive

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