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Yo viví en la otrora Guinea española

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Ciertamente la cultura geográfica e histórica de los españoles no es su punto más fuerte, especialmente la de las nuevas generaciones. Una gran mayoría apenas saben nada o casi nada de la presencia española en el Golfo de Guinea desde nada menos que 1778.

Escribía la semana pasada sobre un reciente viaje realizado a Kenia, en concreto a la región sur, la habitada fundamentalmente por los Masai. Nada más pisar tierra en Nairobi ya percibí el olor de África, un olor pegado a mi pituitaria desde años ya muy lejanos por la sencilla razón de haber vivido parte de mi niñez, en la antigua Guinea española, hoy República Ecuatorial de Guinea.

Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong…” escribió con nostalgia la baronesa danesa Karen Von Blixen en sus “Memorias de África” y a mi recuerdo acudieron estas palabras cuando pisé de nuevo tierra africana. Por supuesto que la distancia, el espacio y las circunstancias son muy diferentes; Guinea Ecuatorial es muy diferente de Kenia, así como sus habitantes, pero en cualquier caso ese fue mi primer sentimiento.

Desde la perspectiva que dan los años doy por cierto que determinados momentos de nuestra niñez, sobre todo si se han vivido con intensidad, quedan grabados en nuestro cerebro de forma permanente. Sí, yo viví con intensidad aquellos felices años y siempre tengo presente el recuerdo y los olores de aquel trozo de tierra africana, entonces bajo soberanía española, al tiempo que siento una enorme empatía por todo cuanto se relaciona con sus gentes y cultura.

Hablo de un mundo desaparecido, de una época muy lejana que nada tiene que ver con la situación actual; y tan lejana que parece no haya existido nunca. Antes hablaba de la cultura de los españoles jóvenes y me sorprendo de su desconocimiento de que un día España estuvo allí presente. Lo cierto es que sí, allí estuvimos, y algunos vivimos allí años intensos. Claro que hubo de todo allí, pero si nos alejamos de lo políticamente incorrecto, desde la perspectiva de nuestros días, lo cierto es que cuando nos fuimos, Guinea Ecuatorial tenía una de las mayores tasas de alfabetización del continente así como una notable red de instalaciones sanitarias sin parangón en África, y eso que aún no se había encontrado petróleo. Es algo fácil de comprobar. Cualquiera que acuda a las estadísticas comparadas de la época lo puede ver. No voy a hablar sobre la situación actual ni hacer comparaciones odiosas; no es esta la intención de estas líneas, sino de recuerdos viejos y ¿por qué no decirlo? nostálgicos.

Fue un tiempo en el que la libertad que experimentaba era inmensa, lo que me lleva a pensar que también lo era la seguridad que imperaba, pues de no ser así no entiendo de mis andanzas por todas partes sin apenas vigilancia paterna. Sólo recorría junto a mis hermanos nuestro recorrido desde nuestra casa hasta el entonces “tenis”, punto de reunión de la colonia española; y sólo me quedaba, también, en ocasiones, con los nativos cuando, acompañando a mi padre, este acudía a la llamada de los administradores coloniales para cazar los elefantes que arrasaban sus poblados y sus cosechas. Sí, mi padre, a la sazón entonces capitán de infantería, fue un gran cazador de elefantes algo de lo que hoy es casi pecado hablar; sucede que si lo hacía era por órdenes superiores toda vez que era costumbre de muchos elefantes arrasar los poblados y las cosechas de los nativos, razón por la que eran los propios jefes de tribu quienes acudían a los citados administradores en demanda de ayuda. Fueron varias las veces, como ya he dicho, las que le acompañé, y aún perdura en mi recuerdo el ruido ensordecedor de la caza en selva, del olor del ambiente y del ruido de los machetes cortando el “bicoro”, así como la alegría y cánticos de los nativos cuando la caza tenía éxito, pues, al margen de librarse de su enemigo destructor sabían de la abundante carne de la que iban a disponer. Yo asistía extasiado a todo esto hasta el punto de que aún resuenan en mis oídos los gozos por la victoria conseguida, y del respeto y cariño que le mostraban en los poblados. Guardo conmigo varias cartas dirigidas a él de inmenso agradecimiento. Y no sólo de elefantes hablo, pues cómo no recordar cuando, a hombros de un nativo de nombre Bonifacio, le acompañé para abatir un búfalo solitario que rondaba las inmediaciones del hospital de Bata, algo que no fue nada fácil por la frondosa maleza del lugar y que obligó a una cercanía al mismo ciertamente peligrosa. Fue igualmente abatido con gran júbilo de todos los presentes.

Recorrer la reserva del río Ekuku o acercarse al río Campo o al río Benito, eran aventuras hoy lejos de mi alcance, pero el olor de las húmedas mañanas saboreando al tiempo un palo de caña de azúcar, como desayuno, reaparece aún en mis sentidos de forma intermitente e imborrable. Lo siento, no soy capaz de describir la maravillosa sensación de un vuelo que efectúe en una avioneta (el piloto era un teniente que se llamaba Avelino), única presencia de nuestro Ejército del Aire en el territorio, por encima de la frondosa e impenetrable selva guineana; una selva reino de los gorilas, chimpancés, leopardos y elefantes, en la que sólo unos cuantos audaces militares españoles se atrevían a introducirse de vez en cuando y no siempre. Corrijo: no sólo militares, también los Padres Blancos, orden religiosa católica responsable de que, aún hoy, el 85% de la población guineana sea cristiana.

Y de entre todos los recuerdos guardo uno muy especial de nuestra estancia en lo que entonces era Valladolid de los Bimbiles, donde mi padre ejerció como administrador. Allí llegamos después de un viaje relativamente largo, en un Land Rover de los de entonces, a través de aquellas carreteras de tierra roja impracticables en época de lluvia y ¡cómo no! la alegría, el inmenso gozo, que experimentamos al ver nuestra casa blanca en mitad de un poblado donde seguramente los únicos blancos éramos nosotros. Allí mis amigos eran sólo nativos y con ellos aprendí a cazar todo tipo de animales y sobre todo a rastrear. El paraíso para un niño de mi edad de entonces.

Recientemente, en mi estancia en Kenia he visto a mis hermanas – una de ellas nació en Bata – asombrarse de mi habilidad para el ojeo y de mi interés por el rastreo de huellas; lo que no saben es que es algo que aprendí en Valladolid de los Bimbiles ese verano inolvidable de 1958/59.

Por supuesto que hablo de recuerdos personales, y que podría decir muchas cosas más de la situación en la entonces colonia española y de la actual Guinea Ecuatorial – buenas y malas – pero ya dije que no era esta mi intención sino tan sólo recordar una época que se fue para nunca volver.

Mis mejores deseos para el pueblo guineano al que aprendí allí a querer y admirar con la esperanza de volver algún día tal y como ahora he hecho en Kenia. Me dicen que hoy no es nada recomendable por razones de seguridad, especialmente si uno se quiere adentrar al interior, pero la esperanza nunca se pierde.

Yo tuve una granja en África, al pie de las colinas de Ngong…

Akiba y otúga wulu” (gracias y buena suerte)

 

 

Fuente: República.com

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