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España en Guinea, Guinea consigo misma

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Por Juan Tomás A. Laurel 

Los años que los avatares históricos permitieron que España estuviera en los territorios que más tarde conformaron lo que hoy se conoce oficialmente como República de Guinea Ecuatorial hacen que en los actos públicos en los que hay presencia de las autoridades de los dos países, o cuando la nostalgia del pasado se apodera de algún escribiente de cierta edad, se recurra a la manida frase de los “vínculos históricos existentes entre los dos países”. Incluso a veces la emotividad incontenible de algún orador le permite recurrir a aquello de naciones condenadas a entenderse, cuando no se revuelve en el sospechoso reclamo de la relación madre-hija entre los dos países.

Pero la realidad de las relaciones entre España y Guinea es mucho más prosaica y turbulenta de lo que cabría imaginar, dando lugar a pequeños hechos que ya deberían captar la atención de los guineanos, y por las cuentas que les trae. Veamos: ¿A santo de qué a un guineano que quiera viajar a España, para lo que sea, tiene que aportar la “carta de llamada” de un español, aunque no pueda demostrar ningún vínculo de amistad o familiaridad entre ellos, siendo el primer requisito para considerar la concesión del visado? ¿No existe un afán infantilizador en este requisito? Dos, siendo dos pueblos “condenados a entenderse” supone un conocimiento de las formas de relación de ambas partes, un hecho que hace extraño este otro requisito de los agentes consulares de la embajada. En efecto, ¿con qué argumento legal se puede pedir a una madre soltera, o separada, que aporte el consentimiento documental del padre biológico de un menor cuando se precisa su traslado a España, teniendo en cuenta no sólo la movilidad de los guineanos, sino a la realidad de que no existe ninguna obligación legal de asegurar la manutención de los hijos habidos en una relación anterior? Aun reconociendo los fundamentos de su exigencia, ¿no se está exigiendo un derecho machista?

Tres, ¿exige algún fundamento legal o es un hecho solamente aplicado a los negroafricanos el hecho por el que se pide a una persona guineana un documento oficial conforme el cual un ciudadano español se compromete a devolver a su país al menor al que hubiera avalado una vez terminado sus estudios? Leído con el escepticismo con que se acoge las exigencias consulares podría creerse que se ajusta al sentido de la burocracia actual, pero teniendo en cuenta que cualquier menor deja de serlo al cabo de pocos años, a la posibilidad de las futuras relaciones que el interesado pudiera establecer con las personas de su entorno, aun sea solamente el entorno escolar, a la apabullante abarcabilidad de la ciencia actual y al carácter meramente formal del documento en cuestión se vislumbra el carácter negrófobo que subyace en este requisito. Porque, ¿cuáles son las verdaderas razones por las que un adulto debería encargarse de hacer volver a su país a otro adulto?

Cuatro, ¿con qué argumento se exige a los guineanos la contratación de un seguro de viaje, requisito sin el cual el visado no se concede, aun habiendo satisfecho los dudosos requisitos mencionados arriba, contrato que se establece con una corporación sin ninguna implantación en España, siendo, además, que estos guineanos viajarán con compañías europeas sujetas a normativas legales? ¿Es posible establecer algún vínculo entre la embajada de España y los dueños de las empresas de seguros que operan sin capacidad de ningún servicio por el poco alcance de sus medios?

Hace unos años el que esto escribe ya mostró su malestar por el hecho de que muchos guineanos pernoctaban ante la embajada de España en Malabo para acceder a la sala de espera cuando se abriera al público, un hecho que demostraba la poca consideración con la que se trataba a los ciudadanos de este país con tantos vínculos con la madre patria, como les gusta decir a algunas autoridades. Poco después se adoptó otra dinámica, pero los requisitos apenas cambiaron. Estas cuestiones, y el hecho de que tanto vínculo histórico pregonado no sólo no sirviera para un mejor trato, sino que tampoco para que ambas partes establecieran unos vínculos para que las necesidades por las que los guineanos viajan a España, que son básicamente la educación y los cuidados de la salud, puedan satisfacerse con el concurso y la satisfacción de ambas, deberían ocupar la atención de los guineanos. Pero la realidad es que, residentes fuera y dentro, y regodeantes en su babeante autocomplacencia o complacientes con su necio egocentrismo, los guineanos están continuamente ignorando los signos que pueden marcar su anclaje en la historia, más allá de un emisario que les quiera recordar vínculos con un pasado común que no ha aportado ningún beneficio, y porque el racismo lo impide.

En estas estarán los guineanos cuando los diarios españoles nos sorprenderán con la noticia de unos paisanos que arriban, en patera frágil, a una playa de Cádiz. Sería increíble, como algunos de los puntos citados en estas reflexiones. Pero será cuando esta Historia nos pondrá en nuestro verdadero lugar. Lo habremos merecido, para la satisfacción de los que siempre han reconocido los vínculos.

 

 

Fuente: FronteraD

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