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Teodoro y Teodorín

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El Presidente Evo se molestó mucho con las preguntas impertinentes del periodista francés Marc Perelman, quién tuvo la osadía de quererlo  comparar con los dictadores africanos. En su respuesta, dijo que él era un presidente elegido por el voto del pueblo.

No basta ganar las elecciones para ser demócrata. El presidente Teodoro Obiang de Guinea Ecuatorial gana las elecciones con 90% de los votos y a él nuestro presidente le ha pedido consejo.

Obiang podría decirle que gana retirando a los dirigentes opositores de este valle de lágrimas o, como mínimo, alejándolos del mundanal ruido en uno de sus presidios. También podría contarle que asegura el bienestar de su linaje, dotándole a su hijo Teodorín con millones de euros.

Teodorín  confronta varios juicios en Francia por corrupción, seguramente  por maldades del imperio.

Las dinastías autoritarias y cleptócratas , que se mantienen en el poder con elecciones amañadas, no merecen la condecoración más alta de nuestro país y, menos aún, que se siga su ejemplo.

El considerar a la presidencia como patrimonio familiar no se limita a Guinea Ecuatorial. Tenemos los casos de Papá Doc y Baby Doc en Haití, de Fidel Castro, que nombró presidente a su hermanito menor, el comandante Raúl; de los Somoza (Tacho y Tachito) en Nicaragua; de Daniel Ortega, que además de hacer reelegir apelando a la Corte Suprema, con un argumento chistoso,  nombra como vicepresidente a su esposa, la compañera Rosario.

De Néstor Kirchner y de su esposa Cristina, que le hizo decir apropiadamente a Cayetano Llobet que consideraban a la presidencia de Argentina como un bien ganancial.  Si el nonagenario Mugabe de Zimbabue cayó, fue porque las Fuerzas Armadas encontraron ya demasiado que nombre a su mujer como su sucesora a la presidencia. Felizmente en el país no hemos llegado a estos extremos, pero a falta de dinastía eviana podríamos llegar pronto a una presidencia vitalicia con sus grandes tentaciones.

 El ministro Héctor Arce nos dice que la eliminación de cláusulas constitucionales que impiden la reelección consecutiva es una tendencia internacional. Podría ser más preciso. Es sobre todo una epidemia africana, aunque más recientemente los países latinoamericanos que se beneficiaron con el alivio del HIPC (Países Pobres Altamente Endeudados), como son Nicaragua, Honduras y Bolivia, están en la misma onda.En el África, Nkurunziza en Burundi, Kabila en la República Democrática del Congo, Musevi en Uganda y otros más, han estado reformando (o cachañeando) las constituciones de sus países para perpetuarse en el poder. Los argumentos son siempre los mismos: que han traído paz y estabilidad y que, por lo tanto, merecen la gratitud de sus pueblos y quedarse en el poder. Es más, según ellos, es el pueblo el que les pide que se queden, aunque ellos no quieran.

Nuestro presidente ha estado también empleando los mismos argumentos. Sigue la línea africana y recorre el camino  del presidente hondureño Hernández, que esta vez, da la casualidad, es uno de derecha. En Honduras, el presidente Zelaya fue derrocado el año 2009 porque, violando la Constitución, intentó hacerse reelegir. Hernández, su sucesor, está haciendo lo mismo. Para conseguir su propósito cambió a los jueces de la Corte Suprema. ¿No les parece conocido?

Honduras es un país muy afligido por la inseguridad ciudadana y con Hernández es cierto que la criminalidad ha disminuido desde niveles muy altos, pero sigue teniendo la tasa más elevada del continente. La economía hondureña crece al 4% (más que la nuestra) y su déficit fiscal ha bajado de 7.8% del PIB  a 2.9% (muy por debajo del nuestro), lo que tiene enseñanzas para los muchachos del MEFP, de que se puede crecer sin déficit. Pero, todos estos resultados no justifican la ilegalidad de la reelección de Hernández, además de las trampas que ha estado empleando para hacerse reelegir.

Bolivia está en otra región del mundo y ha tenido un mayor desarrollo institucional, aunque parece que lo está perdiendo. No tiene por qué seguir a las dictaduras de África ni a las muy cuestionadas democracias de América Central.

 

Juan Antonio Morales es ciudadano boliviano y opinador consuetudinario.

 

Fuente : Página 7

 

 

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