Dobles silencios sobre la primavera árabe en Guinea Ecuatorial

 

Por Plácido Mico Abogo

 

La falta de libertades, particularmente la libertad de expresión, hace tristes las dictaduras, entre otras muchas cosas. Tristes porque ni los que las padecen ni siquiera los que las ejercen pueden expresar lo que piensan. No hay libertad de expresión. Cuando la gente no puede expresar lo que piensa acaba repitiendo lo que otros les dictan, lo que a su vez se convierte en su pensamiento, mejor dicho, en la falta de éste. La falta de libertad de pensamiento y de expresión reduce a los humanos a situaciones más próximas a los animales.

Unos de los tópicos muy repetidos por los pseudonacionalistas que ejercen el poder en nuestro continente es el que recalca la importancia del conocimiento de la historia de nuestros pueblos, es decir, la de nuestros países, en definitiva la de nuestro continente, como condición para nuestro desarrollo material y espiritual. “Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”, acostumbran a repetir, o, como lo dice el periodista Alain Foka en su emisión Archives  d’Afrique, de Radio France International, “nul n’a le droit d’effacer une page de l’histoire d’un peuple, car un peuple sans histoire est un monde sans áme”. Y sin embargo la política del panafricanista presidente de Guinea Ecuatorial, su gobierno y su Partido Democrático de Guinea Ecuatorial (PDGE) fue la de boicotear y silenciar totalmente la información sobre todo lo que ocurrió en la llamada primavera árabe. ¿Cómo puede preconizarse el conocimiento de la historia de los pueblos para el progreso y desarrollo de éstos si a la vez negamos a este pueblo el derecho a informarse y enterarse de lo que está viviendo ahora?

Si el conocimiento de la historia de un pueblo, más o igual que cualquier otro conocimiento, es un factor de su desarrollo y progreso, los que privan a sus pueblos de ese conocimiento están en contra del progreso y desarrollo de esos pueblos, digan lo que digan. La ignorancia en África en general y en Guinea Ecuatorial de forma especial es uno de los factores del atraso, la pobreza y los engaños y explotación que sufre este continente.

La primavera árabe es el nombre dado a los movimientos de protestas y manifestaciones populares, desarrollados de 2010 a 2013, contra la opresión y la miseria de una serie de regímenes dictatoriales y corruptos, que se mantenían en el poder por medio de la fuerza y la intimidación en contra de la voluntad de los ciudadanos. Estos movimientos de protesta y manifestaciones derivaron en revoluciones populares, en unos casos pacíficas y en otros armadas, con el propósito de echar del poder a la oligarquía gobernante. Estos procesos empezaron en Túnez, siguieron en Egipto, Libia, Siria, Yemen e incluso en Marruecos.

En Túnez el movimiento se inició el 17 de diciembre de 2010 con la inmolación de un joven de 26 años, Mohamed Bouazizi, vendedor ambulante de frutas, en las calles de la ciudad de Sidi Bouzid. Un policía, abusando de su poder como agente de la autoridad, le quitó su mercancía y, ante este enésimo atropello, el joven se prendió fuego y murió el 4 de enero de 2011. La población empezó a salir a la calle a manifestarse para expresar su descontento y a pesar de la intimidación y la represión las protestas fueron creciendo y extendiéndose a todo el país hasta terminar con la huida del entonces presidente Ben Alí y su familia, diez días después del fallecimiento de Mohamed Bouazizi.

Luego fue Egipto, donde la gente, desde el 25 de enero de 2011, de forma masiva y espontánea salió a las calles de El Cairo, la capital, exigiendo la salida del poder del presidente Hosni Mubarak. Las manifestaciones de jóvenes, estudiantes y otros ciudadanos convocados a través de las redes sociales fueron secundadas por grupos políticos organizados opuestos al régimen desde años, como el caso de los Hermanos Musulmanes. Al final, a pesar de la resistencia y la represión, el presidente Mubarak y su familia abandonaron el poder en febrero de 2011. Se organizaron elecciones democráticas después de muchas transacciones y los Hermanos Musulmanes se hicieron con el poder, que utilizaron para implantar un nuevo régimen autoritario de corte islamista, dando lugar a una segunda revolución popular que aprovecharon los militares para echar del poder al nuevo recién elegido presidente, Mohamed Morsi, el 3 de julio de 2013, e instaurar un nuevo régimen autoritario.

En Libia las manifestaciones se iniciaron entre enero y febrero de 2011 en la ciudad de Benghasi, y también la capital, Trípoli, pero ante la virulenta y sanguinaria respuesta del régimen se organizaron en movimientos armados, que el presidente Gadafi no dudó en calificar de cucarachas a las que iba a aplastar. La virulencia de la represión del régimen, y la amenaza de masacrar con su ejército y su aviación a toda la población insurgente, condujo a la intervención de la comunidad internacional a través de la OTAN mediante una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, que bombardeó y destruyó el potencial militar del régimen. Así los enfrentamientos armados que duraron meses se inclinaron a favor de los rebeldes armados, que capturaron y mataron Gadafi y a parte de su familia el 20 de octubre de 2011. Después de la celebración de la victoria los enfrentamientos armados entre grupos rivales empezaron su concierto de matanzas y destrucción hasta hoy en día.

En Siria, el movimiento pacífico de reivindicaciones tuvo inicio en 2011, reprimido por el régimen de Bachar al Assad, como en el caso de Libia, dio lugar a un frente armado, el Ejercito Libre de Siria, para defenderse militarmente contra las fuerzas represivas del Gobierno. La oposición democrática armada fue seguida de grupos armados islamistas, ajenos a cualquier reivindicación democrática y dispuestos a implantar su dictadura religiosa, que adquirieron un protagonismo y posición de fuerza tal que empezaron a combatir a los grupos de la resistencia democrática. Estos islamistas armados resultaron ser en su mayoría del autodenominado Estado Islámico así como de Al Qaeda. La guerra en Siria dura desde 2011 hasta la fecha de hoy, con el sátrapa todavía en el poder, y un balance de destrucción, caos y matanzas que superan todos los horrores.

En la República de Yemen las manifestaciones populares empezaron en enero de 2011 y duraron más de un año. A pesar de la violenta represión ejercida por el dictador mariscal Alí Abdalah Saleh, al final en febrero de 2012 fue expulsado del poder y tuvo que abandonar el país y exiliarse en Occidente. Y sin embargo el país cayó en una situación de inestabilidad con enfrentamientos entre diferentes grupos armados, con los terroristas de Al Qaeda y los simpatizantes del autodenominado Estado Islámico de por medio, regando de sangre y sembrando de cadáveres todo el país, incluso con la intervención de ejércitos de países vecinos desde hace algo más de un año. La situación en Yemen puede también calificarse de guerra y destrucción total. Sin cambio político ni democracia.

La primavera árabe fue silenciada por los medios informativos de Guinea Ecuatorial. Se prohibió formalmente hablar de lo que acontecía en Túnez, en Egipto, en Libia y otros países donde tenía lugar aquel movimiento. Se privó a los guineanos poder informarse de lo que estaba ocurriendo en su propio continente, en países de la Unión Africana, llamados con frecuencia países hermanos. Ocultar a los ciudadanos guineanos la información de lo que ocurre en su propio continente, lo que viven sus hermanos africanos, es la manifestación de un desprecio a los derechos de los ciudadanos a los que el régimen reduce a la condición de súbditos, sin derecho de acceso a la información.

El silencio sobre la primavera árabe en Guinea Ecuatorial fue fruto de una decisión política derivada de la voluntad política del PDGE de mantener al pueblo en la ignorancia y en la desinformación. El tema no podía ser objeto de información por los medios de comunicación sociales, tanto la televisión, la radio así como la escasa y aleatoria prensa escrita. Tampoco podía ser objeto de debate o de charla en ningún foro, escuela, aula de universidad o centro cultural de los pocos que hay en el país. Tampoco hubo reunión del gobierno para analizar la situación política origen de la primavera árabe, su desarrollo, consecuencias o alcance.

Un presentador de un programa deportivo de televisión Guinea Ecuatorial fue interrumpido en plena emisión y arrastrado fuera del plató por el mero hecho de haber mencionado el nombre de Libia, al señalar que no podía jugarse en dicho país un determinado encuentro de futbol ya programado a causa de la situación de crisis que atravesaba. El presentador fue fulminantemente despedido del trabajo y sin derecho a percibir ninguna indemnización.

En Guinea Ecuatorial la creciente situación de tensión y de preocupación política por primavera árabe dio también lugar a un aumento de la represión contra la ciudadanía en general y contra la oposición en particular. Determinados actos políticos anunciados por los partidos políticos de la oposición, como un mitin convocado por Convergencia para la Democracia Social (CPDS), fueron prohibidos por el gobierno, que por otra parte militarizó, tal como ya venía siendo habitual, todas las ciudades del país.

Además, y para desviar la atención de la opinión pública nacional e internacional, el régimen vio la oportunidad de llevar a cabo su proyecto de reforma de la Constitución, para lo que, como en otras ocasiones, se sirvió de los partidos políticos del país, a excepción de CPDS, para engañar y vender un proceso constituyente supuestamente consensuado, cuando de lo que se trataba en realidad era otra nueva maquinación en la estrategia de perpetuación del PDGE en el poder y de la proyectada sucesión dinástica en la jefatura del Estado. La culminación de la referida farsa y maniobra de distracción fue la reunión de Annobón, pretendidamente para consensuar una reforma constitucional y la posterior convocatoria de un referéndum, con la oposición de CPDS, que se negó a acudir a Annobón y que en el referéndum hizo campaña contra la reforma de constitucional.

Todo este montaje contribuyó a silenciar la primavera árabe y a desviar la atención de los actores políticos y de la opinión pública nacional e internacional hacia otros asuntos. El régimen del PDGE llegó incluso hasta el extremo de presentar su proyecto de reforma constitucional como una anticipación y recepción de las reivindicaciones del pueblo que otros gobiernos no supieron ver, entender, aceptar y conducir. Una vez más, Guinea Ecuatorial se presentaba como el campeón de la democracia en África, el ejemplo a seguir. La producción de crudo estaba en sus máximos.

Por su parte, los partidos de la oposición en Guinea Ecuatorial se limitaron a apoyar tibiamente aquel movimiento con alguno que otro pronunciamiento o comunicado, a la vez que expresaban la esperanza de que esa ola de insurrección popular y revolucionaria se extendiera a todo el continente africano y se llevase por delante a los dictadores, particularmente los de África Central, núcleo del autoritarismo y desgobierno del continente. Pero no se recuerda que se hubiera organizado algún foro, seminario, conferencia o algo parecido para reflexionar y debatir sobre lo que estaba sucediendo, sus implicaciones, extensión y limitaciones.

En este sentido podemos considerar que, al menos en Guinea Ecuatorial, la primavera árabe sufrió un doble silenciamiento: primero por y en el gobierno, por miedo a que los guineanos pudieran seguir el ejemplo de los ciudadanos de aquellos países hermanos que estaban echando a los sátrapas del poder y también por y en los partidos de la oposición por la poca importancia que acuerdan, con demasiada frecuencia, a lo que ocurre en los demás países africanos y, sobre todo por la renuncia al análisis profundo y teórico de muchas de las cuestiones que afectan a la lucha por la democracia en el continente, por considerarlo de algún modo una pérdida de tiempo, dada la falta de “incidencia práctica en la lucha contra el PDGE”. Un error.

Más chocante aún resulta otro silencio, que resulta de la manipulación, de la desinformación e intoxicación activas, que está conduciendo el régimen del PDGE y sus medios de comunicación, incluidos África Media y África 24, informando de manera distorsionada y nociva sobre el fracaso de las revoluciones o primavera árabe en países como Egipto y Libia. Se silencia oportunamente la evolución en Túnez y sólo informan de los actos terroristas que sacuden e intentan sabotear el proceso de la democracia en dicho país, como para hacer ver que aquella es inviable, poniendo al descubierto su malsano deseo de ver a Túnez sumido en el caos o en la dictadura como son los casos de Libia y Egipto.

Produce indignación, desasosiego y otras emociones frustrantes cuando se asiste a un bombardeo continuo de información sobre la situación en Libia, los enfrentamientos, las matanzas y la elevación de Gadafi al rango de “héroe panafricano, mártir de la independencia y soberanía de África, gran dirigente y demócrata del continente”, y otras lindezas por el estilo, en unos medios de comunicación que durante la primavera árabe, a lo largo de los enfrentamientos entre las fuerzas de Gadafi y los rebeldes, no se podía pronunciar el nombre de Libia ni mucho menos contar lo que allí estaba pasando. Es triste constatar que los gobernantes de Guinea Ecuatorial no informaron en su momento de la insurrección en Libia, por una parte por las razones antes mencionadas, y por otra por una no confesada pero tan real como indigna: les molestaba y les preocupaba que las situaciones provocadas por las revoluciones árabes pudieran desembocar en el establecimiento de regímenes democráticos en dichos países.

El deseo era que estas fracasaran y se tornaran en situaciones como la que desde hace algún tiempo se vive en Libia. Mientras había esperanzas de que la revolución triunfara y el cambio de régimen pudiera engendrar otro de corte más representativo y democrático, que condujera a aquel país por las sendas de un estado de derecho, no había nada de que informar. Mientras que una vez que la situación se ha convertido en una de guerra sin cuartel, entre diferentes facciones, grupos tribales y de intereses de todo tipo, se alegran y encuentran en esas muertes y en la sangre derramada en tantas masacres un buen argumento informativo, buenas noticias que dar al pueblo, con un mensaje claro: “si nos queréis echar del poder en eso se convertirá o en eso convertiremos Guinea Ecuatorial”.

Algo parecido pasa con la evolución de la situación en Egipto, de la que nunca se nos informó durante los largos meses que duró la revolución y el tira y afloja entre los islamistas de los Hermanos Musulmanes, que al final llegaron al poder y los militares representantes del régimen del antiguo presidente Mubarak. Mas una vez restaurada la dictadura de corte militar del actual presidente se abrieron las voces de la mentira y la intoxicación para criticar y tergiversar las manifestaciones a favor de la democratización como “estrategias de desestabilización del imperialismo occidental”. Y, por supuesto, saludar la vuelta de la dictadura y de la represión en Egipto.

Como ha quedado dicho, no se habla de Túnez, no se informa de la evolución de las cosas en ese país, porque les molesta, no les gusta y les da rabia. Su deseo es y sigue siendo que también fracase dicho proceso político democrático, para de este modo seguir vendiendo su mensaje: que la democracia no es viable ni interesa a África, es una imposición del imperialismo occidental para desestabilizar los países del continente y crear lo que se conoce como “a río revuelto, ganancia de pescadores”, que es la situación que buscan “los empobrecidos países occidentales para seguir explotando y saqueando los recursos naturales de África”. Este es el principal argumento editorial de África Media, reproducido en numerosas alocuciones públicas del presidente fundador del PDGE.

La actual situación de lo que en su día se llamó primavera árabe también ha conocido otro silencio por parte de los partidos de la oposición de Guinea Ecuatorial. Un silencio en esta ocasión más ensordecedor que el del inicio de estas revoluciones. No consta que se hayan producido pronunciamientos políticos de cierto calado en relación a las situaciones políticas resultantes en Libia, Egipto y Túnez. No se han tenido foros, seminarios, círculos de reflexión o algo parecido en los que se hubiera hablado, analizado, debatido y sacada alguna que otra recomendación o enseñanza sobre lo acaecido en estos países hermanos.

Las razones de este ensordecedor silencio podrían estar en la falta de tiempo de los actores de la oposición que, acuciados por las necesidades de supervivencia, no encuentran ocasión y medios para este tipo de tareas. No obstante, se nos ocurren otras razones no tan obvias.

El silencio del que hablamos por parte de los partidos políticos de la oposición puede deberse al hecho de que se entienda que la primavera árabe haya fracasado, al no haberse consolidado los procesos de democratización en aquellos países, excepción hecha del caso tunecino. Siempre resulta doloroso hablar de un fracaso y de las esperanzas y expectativas frustradas. Guardar silencio suele ser en este caso una alternativa, que es lo que en nuestro caso ha ocurrido en los círculos de la oposición política en Guinea Ecuatorial.

Es cierto que el resultado de la llamada primavera árabe en Libia y Egipto puede presentarse como un fracaso del pueblo en sus reivindicaciones democráticas y un triunfo del autoritarismo y de las tiranías. En Egipto se ha vuelto a la mano dura y a la represión a sangre y fuego, mientras que en Libia el triunfo de la “promesa de los dictadores”, que todos predican que ha de producirse a título póstumo (“o yo, o el caos”), se destaca con un horror especial. Sin embargo, el problema no es tan sencillo ni tan sorprendente. Quizás precisamente por esto este tipo de movimientos merecen análisis profundos por parte de los grupos de la oposición.

 

Cuando la gente sale a la calle a manifestarse contra las injusticias y atropellos de un régimen dictatorial no siempre o al menos no todos lo hacen a favor de un régimen democrático y de un Estado de Derecho. En realidad hay muchos intereses tan diversos como antagónicos.

Entre los manifestantes que descienden a las calles hay quien se conforma con que los actuales gobernantes se marchen, que abandonen el poder, exigencias que se traducen en eslóganes como dégage (fuera), sin que les importe mucho lo que después venga, confiados en que la divina providencia hará que las cosas vayan a bien. Muchas veces estos manifestantes son la mayoría, que suelen terminar apoyando las opciones políticas mejor organizadas, las más astutas o las más populistas, para llevarse el gato al agua.

También los hay que participan en las reivindicaciones con el propósito de ocupar el poder a cualquier precio y gobernar con las mismas o peores pautas que las personas del régimen a defenestrar, es decir, para seguir haciendo lo mismo o peor. De entre estos, la determinación suele ser total y tienen claro que han de aplastar cualquier otro grupo que pueda constituir un obstáculo a sus pretensiones, tan pronto como se haya removido el obstáculo de la dictadura. Así, en Libia, muchos de los grupos que antes se oponían al régimen de Gadafi nunca estuvieron dispuestos a dejar que otros ejercieran el poder, fuera de ellos mismos, ni mucho menos les interesaba un proceso democrático, en que el gobierno fuera el resultado de unas elecciones libres. De hecho, la oposición al régimen anterior era igual o más que la que manifestaban o mantenían disimulada contra los demás grupos considerados rivales.

Los hay incluso, como en el caso de los Hermanos Musulmanes en Egipto y en Túnez, que ven en el movimiento revolucionario una oportunidad de cambio de régimen, para pasar de una dictadura aconfesional a otra teocrática, en muchos aspectos más violenta y represiva que la existente, imponiendo a todo el país, por ejemplo, la sharia o ley islámica. Pero los que participan de esa forma de pensar son también parte del pueblo, que protesta contra la dictadura existente, pero que no quieren para nada la democracia, aunque de forma interesada y oportunista la invoquen.

La afirmación tantas veces cacareada de que en la lucha contra las dictaduras lo primero y más importante es lograr la caída del dictador no se sostiene en el caso de la llamada primavera árabe, ni en la mayoría de los casos de la reciente historia política de África, desde la lucha por las independencias, en las que los hermanos de ayer –unidos contra el colonialismo opresor– se mataron unos a otros tras la marcha del colono; hasta las reivindicaciones democráticas de finales de la década de los 80 y comienzos de los noventa, en que los aliados de hoy, son los enemigos mortales de mañana.

En este proceso de luchas contra las dictaduras y a favor de la democracia en el continente africano con demasiada frecuencia también se ha visto que los que se unieron un día para echar al dictador poco después de su caída se enfrascan en enfrentamientos sangrientos. Como botón de muestra tenemos el caso de Costa de Marfil, donde el presidente Laurent Gbagbo y Alassane Draman Ouattara, que en su día formaron en la oposición el Frente Republicano contra el presidente Henry Konan Bédié, posteriormente se enfrentaron en una sangrienta lucha que ha llevado al primero a la cárcel y ante la Corte Penal Internacional. Otro ejemplo es el caso de la guerra civil en Sudán del Sur entre los hermanos de ayer que lucharon juntos contra el régimen opresor del presidente Ahmed al-Bashir de Sudán. Centroáfrica, Congo-Brazaville, República Democrática de Congo, Ruanda… son tantos otros ejemplos.

En el caso de Libia los enfrentamientos entre las diferentes milicias y grupos armados de toda procedencia se producen tras la muerte del dictador Gadafi y continúan hasta hoy en día, entre aquellos que decían que aquel era el único obstáculo a la reconciliación del país y la implantación de un régimen de libertades democráticas. Los hechos dejan sin lugar a dudas la falta de ética y compromiso con los valores democráticos y de un Estado de Derecho por parte de estos políticos opositores de ayer, jefes de guerra y milicias de hoy.

En el caso de Egipto, los Hermanos Musulmanes llegaron incluso a ganar las elecciones y alzarse con el poder en la persona del presidente Mohamed Morsi, quien en lugar de optar por la democratización del país se puso a implantar con sus aliados musulmanes un régimen teocrático, que hizo que la gente volviera a salir a las calles para exigir su destitución, lo que dio lugar a que los militares recuperasen el poder y que el país cayese vertiginosamente en una situación de violencia sin precedentes, que hasta el día de hoy sigue con su riego de sangre y cadáveres en este país milenario.

La mitad de lo mismo puede afirmarse en relación a Túnez, donde una parte importante de los ciudadanos que se manifestaron exigiendo la salida del presidente Ben Alí eran de la misma ideología de los Hermanos Musulmanes y que, a pesar de haber alcanzado cuotas importantes de poder en las elecciones celebradas tras la caída del dictador, lo utilizaron en su empeño de imponer la sharia a todos los ciudadanos, introducirla en la constitución del país como fuente del derecho, además de asesinar a tiros a dirigentes de otros partidos acusados de progresistas o infieles al islam. Al final, son los que en buena medida alientan, y sostienen, cuando no ejecutan, los mayores atentados terroristas que sacuden y fragilizan el proceso de construcción democrática en Túnez.

En la lucha por la democracia, ésta no puede lograrse por un improvisado movimiento revolucionario, en cuyo seno participan ciudadanos más o menos organizados y grupos contrarios a la idea misma de democracia, sino que ha de ser necesariamente un proceso de construcción reflexiva y voluntariosa de un proyecto de convivencia común cuyos protagonistas han de manifestar un compromiso indubitado y patente con los valores y las reglas inherentes a la democracia. De tal suerte que si el pueblo o buena parte del mismo si tiene que salir a la calle lo haga con una idea clara de lo que realmente quiere después de la caída del dictador.

En este sentido, la primavera árabe constituye una gran y amarga lección para los demócratas de esos países y de África en general. Quienes en su caminar tendrán que saber que en la lucha por la libertad y la democracia cualquier compañía no vale y no debe ser bienvenida. No todos los que luchan contra un dictador quieren la democracia. Si este fuera el caso, África estaría constituida en su totalidad por regímenes democráticos.

Esto es algo que la oposición guineana no ha sabido ver y puede ser el motivo del ensordecedor silencio en relación a la primavera árabe. Cuesta asumir y explicar que el fracaso de la primavera árabe en Egipto, Libia y otros países árabes, así como las dificultades que conoce el proceso en Túnez, se debe en una gran medida a la falta de un compromiso con los ideales y valores democráticos de los que salieron a la calle para echar a los dictadores y por ende  a las alianzas oportunistas e inconsistentes entre grupos antagónicos que, con la excusa de liberar al pueblo del dictador, los han sumido en sangrientos enfrentamientos que, honestamente, no pueden atribuirse al sistema dictatorial ya caído en desgracia. Aunque, eso sí, dichas situaciones ponen de manifiesto que la supuesta estabilidad que venden las dictaduras son algo así como gigantes con pies de barro, una falsa paz preludio de una guerra casi segura.

 

 

Plácido Micó Abogo (Egombegombe, Mbini, Guinea Ecuatorial, 1963) es químico industrial por la Universidad Complutense de Madrid y licenciado y doctorando en Derecho por la UNED. Después de sus estudios en Epaña, regresó a Guinea Ecuatorial y trabajó como profesor en el Instituto Nacional de Enseñanza Media Rey Malabo. Renunció porque el ministro de Educación le quería obligar a aprobar a los alumnos que no se lo merecían. Fue profesor en el centro asociado de la UNED de Malabo. Es miembro del grupo fundador del partido opositor Convergencia para la Democracia Social (CPDS) en 1990, y ocupó la responsabilidad de secretario de Administración y Finanzas. Fue elegido secretario general en el Congreso Constituyente de 1994. Premio León Felipe a la Solidaridad Internacional en 1995 y premio Escritores en Prisión en el año 1993, en el V Congreso celebrado en el año 2013 renunció a volver a presentarse a la reelección. En las elecciones parlamentarias de 1999 obtuvo el único escaño atribuido a CPDS, pero el partido decidió no ocupar dicho escaño. Ha sido diputado del Parlamento guineano en las legislaturas de 2004-2008 y en la del 2013 que acaba de concluir. Fue el candidato de CPDS en las elecciones presidenciales de 2009.

Es autor, con Alicia Campos Serrano de Trabajo y libertades sindicales en Guinea Ecuatorial (Fundación Paz y Solidaridad Serafín Aliaga CC OO. Madrid, 2006) y junto a Amancio-Gabriel Nse Angüe del artículo ‘La oposición guineana entre dos ‘Diálogos Nacionales’ (1993-2013)9, publicado en la revista Ëndoxa.

 

Fuente : FronteraD

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