La soledad era esto

 

Por Sir Lucky Dube,CIUDADANO Y COMUNICADOR

 

“Cuando me desespero, recuerdo que a través de la historia los caminos de la verdad y el amor siempre han triunfado. Han habido tiranos y asesinos, y por un tiempo pueden parecer invencibles, pero al final siempre caen.” —Mahatma Gandhi.

Generalmente cuando se es joven todo se aborda desde el ímpetu, la energía y el vigor propios de la juventud, desde las ganas y la casi arrogancia de quien se sabe aún con aventuras por correr, con casi todo por vivir. Esa mezcla de energía e inexperiencia hace que a menudo a los jóvenes se les escape que hay cosas que sólo se aprenden viviendo, cumpliendo años y equivocándose una y otra vez hasta, tal vez, acabar aprendiendo. Digo ‘tal vez’ porque también hay cosas que nunca se aprenden, como hay personas que nunca aprenden, ni siquiera de mayores; la juventud se cura con el tiempo, la estupidez no. Por eso, siempre que puedo, procuro conversar con las personas mayores que tengo al alcance, personas que se acercan o están ya en el último tercio del viaje, viejos rockeros cuya edad oscila, permítaseme la broma, entre la penúltima parada y el final del trayecto. Dado que soy consciente de que también a mí me llegará un día el tiempo de descuento (si no la palmo antes), departir con gente mayor es para mí una especie de viaje al futuro para tratar de entender –aunque nunca hacerlo del todo– cómo se ve la vida cuando se llevan recorridos tantos kilómetros. Sospecho que cumplir años hace perder inocencias, otorga lucideces, algo de escepticismo y alguna que otra certeza. Y yo tengo verdadero interés y curiosidad por saber qué certezas anidan en la cabeza de Teodoro Obiang, sin duda un hombre mayor, a la luz de cuanto ha sucedido en Guinea en las últimas semanas (intento de golpe estado, presiones, detenciones, torturas, asesinatos, delaciones, traiciones, purgas, destierros, exilios forzados, hipermilitarización de pueblos y ciudades, censura, manipulación de medios y redes de comunicación, etc. O sea, nuestra cruda y habitual realidad todavía más recrudecida).

La escritura es, como casi todo, un estado de ánimo; y quizá porque yo tampoco ando en mi mejor momento anímico, llevo varios días tratando de humanizar, por encima de sus posibilidades, a nuestro señor presidente… Obiang es ahora un anciano. Un vejestorio casi decrépito que lleva, manu militari, treinta y nueve años con el país cogido por el pescuezo. Sin embargo, aunque hay quien le otorga rango de divinidad, es un hombre de carne, hueso y ánima. Un tipo que, como todos, siente y padece; y a quien estos días no dejo de imaginar preocupado por cosas que, a fin de cuentas, preocupan a todo hijo de vecino cuando llega al crepúsculo de su vida. Cosas como la vejez, la progenie, las condiciones en las que quedarán los hijos, la distancia que separa el legado que se deja del que se quería dejar, los logros alcanzados, los fracasos, las derrotas, las culpas, los demonios internos, los fantasmas en la memoria, etc. A todo ello se le suma, en el caso de Obiang, que sus decisiones han influido en la suerte de la mayoría de familias del país causando dolor y sufrimiento. Los hogares y familias desestructuradas por la muerte o la caída en desgracia del cabeza de familia en Guinea se cuentan por miles.

Por otra parte, Obiang es un gobernante que gana todas sus elecciones con más del 90% de votos favorables, y cada vez que se le pregunta por ello, responde que esos porcentajes son la prueba irrefutable del amor y la lealtad del pueblo hacia él; y sin embargo necesita tener las calles de medio país infestadas de militares armados y drogados, lo que evidencia que en el fondo Obiang sabe –y lo sabe desde hace muchísimo– que en ese país no le quiere nadie, lo cual multiplica su sentimiento de frustración e inseguridad. Debe ser muy frustrante para la vanidad de un animal tan vanidoso ser consciente de que durante cuarenta años sólo ha sido capaz de ganarse el favor del pueblo por el través del miedo, la represión y la muerte. Estos días imagino a Obiang descubriendo la diferencia entre estar sólo y sentirse sólo, toda vez que parece haber comprobado que sus más peligrosos enemigos son su familia, amigos y allegados; los mismos junto a los que ha saqueado y reprimido al país todos estos años. Saber que incluso los suyos están asqueados de su persona debe traerle por el camino de la amargura. Hace poco, por lo visto, hijos de prohombres de su régimen, oriundos de Mongomo, algunos de ellos familiares del propio Obiang, estuvieron involucrados en un intento –muy chapucero, poco preparado y propio de cerebros muy limitados– de golpe de palacio contra Obiang. Excuso decir que los aspirantes a golpistas no tenían la menor intención de instaurar nada parecido a una democracia, pero ahí queda el intento. El ambiente conspiranoico bajo el que se libran las encarnecidas luchas fratricidas entre hermanos, esposas e hijos también forman parte de las preocupaciones de un Obiang que, por no poder, ya no puede ni confiar en su legítima –dicen las malas lenguas que ya no yacen juntos, ni real ni figuradamente–, porque ella, la excelentísima, ha demostrado estar dispuesta a todo por hacer presidente a Tontorín, incluyendo la posibilidad de darle pasaporte a Obiang en cuanto se presente la menor ocasión. Imagino a Obiang, por tanto, triste y apesadumbrado, rayando la melancolía, descubriéndose incapaz de lograr entre los suyos los consensos y la unidad que aseguren la continuidad de su régimen sin que cunda el fratricidio.

Y es así, en definitiva, como imagino estos días al dictador; como un hombre temeroso, inquieto y atormentado por una conciencia que lo acusa de más de una apostasía, me lo imagino con la angustia de que quien se sabe al final de un camino que ya no puede desandar, consciente de que el tramo que le queda de vida tendrá que recorrerlo tristemente solo, hacia un lugar tristemente oscuro, bajo un cielo tristemente gris… Si es cierto que la ansiedad proviene de estar con la cabeza en un sitio y el cuerpo en otro, imagino a Obiang sentado en algún rincón apartado y recóndito, con la cabeza gacha, recurriendo al gesto recurrente de taparse la cara con las manos, y pensando para sus adentros: “Así que era esto, Dios mío… la soledad era esto.”

 

Somewhere in South Africa

Sir Lucky Dube

¡One Love!

 

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