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Los rezos del Santo Sepulcro

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Por Zanghadji Maêt Salet

Yo pecador, me confieso ante el pueblo, todo poderoso, que vi sombras malignas purgando almas humanas en nombre del cementerio.

Entre muertos en vida, vivíamos entre Cristo, la patria y todos aquellos que llegaron de aquella otra parte en nombre de la sotana. Pero, nadie sabía qué había antes de que a alguien se le ocurriera decir que somos nosotros, junto a la verja, los restos de las huellas que dejaron al cruzar el valle camino de la gloria. 

Lo cierto, es que, entre las viejas cosas, siempre había algo con el que taparse las vergüenzas. Aunque, hoy por hoy, todas las destapadas vergüenzas andan subiéndose al púlpito para hablarnos de las mismas cosas. Eso, sí; se anudan el cuello con una corbata, porque ya no importa taparse las vergüenzas antes del horizonte 20/20. Y, de esta manera, críos de gente chunga tratan de no ahorcarse; colocando por encima del nudo de la corbata, elegantes trajes con fardos de muertos de muertos a sus espaldas, para demostrar que sus padres son unos sinvergüenzas; y, ellos, pequeños canallas aprendiendo a vivir del dolor ajeno al margen de la razón humana:

Ministros, gentuzas, obispos, traidores… etc. ¡Vamos!, una selecta cuadrilla de gentes de allá, que llegaron acá, para decirnos que, somos nosotros, los que buscábamos la ruta para saltarnos por la ventana.

Sin embargo, detrás del crucifijo, estaba Cristo; y no tenía vergüenza. Total, su madre era virgen; y nosotros, sólo somos hijos de puta. Con lo cual, éste de por aquí, cree que nos puede tratar a como le dé la gana: a ostia limpia.

Pues, según su nuevo testamento constitucional, él y los suyos, están por encima del bien y del mal: “ni antes, ni durante, ni después de su mandato, pueden declarar ante Pilatos”

– ¡¡Ave maría purísima!!-

Pues, yo, pecador, en las márgenes de mi tierra, vi sombras malignas purgando almas vivientes en nombre de la muerte. Y, en la fragilidad de la memoria fugaz, un siglo pasa volando y cincuenta años, en la casa del ahorcado, tardan más que un siglo de tormentos a manos de esta gente chunga.

Y es que, las matemáticas no engañan: hay una basílica en la selva, todos los Obispos adoran al mismo becerro, en las parroquias, hay adoración nocturna; y el clero, enfundando daga, busca en el altar más próximo un atajo que conduzca hasta el palacio.

Mientras, el pueblo, dejado de la mano de dios, aguarda, lejos de la gloria, a los hijos del hombre: uno, entre chapas y cebúes; y otro, abriendo el surtidor; antes de empaquetar el contenedor camino de otra tierra.

Y, en esta iglesia, de todos arrodillados, rostro en tierra, el único grito que elevamos al cielo, es lanzándonos los golpes al pecho. Cuando lo que necesitamos, es armarnos la conciencia; para no levantarnos de uno en uno.

¿De qué tienen miedo, los annoboneses?

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