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El tiempo en la casa de los sueños

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Por Zanghadji Maêt Salet

 

LOS PILARES DE AQUELLA FORTALEZA

De vuelta a aquel momento, todo sigue igual. Sí, fue feliz todo aquello; y es feliz pasear de nuevo por todo aquello: las yerbas que bordeaban el camino, aquella piedra que jalonaba la vereda diciéndose “budù matù Sompé”; el señorial seco lecho del “lubá matù Datxin”; aquella pausa saludando al empinado desde las faldas de bassù matù Kapïssa”… etc. Sí, tirando de aquel hilo, todo son momentos y vivencias que se engañan pensando que vuelven para quedarse; cuando, en realidad, ya todo aquello guarda raíz en el armario de aquella vieja infancia clavada en los empeños que ya nunca volverán. Y, como de costumbre, Küssu siempre se queda más arriba, vigilando cada esfuerzo por ganar empeño al terreno que sube y baja de aquel andar cargado de vidas. Y los esfuerzos, bajo aquella fatiga, pintan mujeres dignas, niños protestando por tanta lejanía y hombres nobles que engañan al mar para robarle un esfuerzo a la tierra dejándose guiar por la señora que, sí, conoce los mandos de cada ruta de partida y regreso al hogar feliz de cada casa. Sí, hablo de Àwäla que, bien puede ser Mébana o, si se presta, Ànghädj o Palè. Pues, me perdí en todos aquellos caminos que aún siguen presentes; empeñados en llegar hasta el final del recorrido de mis recuerdos, donde la memoria guarda los aparejos que labraron mi mañana, dejando por compañía a quien soy hoy. Pero, ¿y quién soy yo, sin todo aquello: yerbas, rocíllos, piedras, troncos, raíces, fatigas, cansancios, sudores, prisas, valentías, orgullos, hombrías, dignidades…. Sí, así fue; y mis recuerdos vuelven para quedarse conmigo, como compromiso en un pacto entre el presente y el ayer; para enseñarme quién fui yo, antes de ser quien soy yo: un niño añorando su ayer.

POR AQUEL CAMINO

Buscando razones, a la luz del tiempo, en la montaña de aquella oscuridad, la mañana guardaba silencio. Y fue cruzando el monte, al son de aquella melodía, cuando oí así a la vida levantarse al golpe del vigor aquel con el que la natura se hacía llamar al orden y respeto. Y, perdido en aquella jungla de ideas, entre aquel mil y una melodía de aves dando motivos al bosque, de entre aquellas pequeñas ramas cargadas, bajaban hasta el suelo, los secretos del “palì pábitxil”.

Hoy, ya tan no cercano, todo aquel revuelo de la natura ajustándose razones entre llantos, cantos y despechos al vulgar gentío ajeno al aquel coro de ángeles de plumaje y frutos de aquella tierra, vuelvo sobre mis andares, por aquel camino de Awäla, repasando piedra a piedra y preguntándole al viejo camino de aquellas cargadas ramas, los nombres de aquellos “bitxil” y “bibí” que anadaban repartiéndose los lindes que el cielo dejaba al capricho de cada mañan, antes de que el vulgar gentío osara meterse por aquel camino que, inexplicablemente, les llevaba hasta “fänguyì, bávïta, ôlàpadêva, küsslanzaküina, mépulixpá, àbajông, médjilïba, médjiàta, jôngôy, mébana”; teniendo que cruzarse antes, por À’pémanäxa.

¡Sabe Dios dónde! Y, sin el dónde andan dejando sus viejos cantares en las hojas del olvido, perturba el silencio el tiempo; empeñado en guardarse para sí, toda aquella memoria; tratando de recoger de aquel suelo empapado de “sêlêma”, los excrementos de aquellas ramas quejándose de tanto peso.

Es extraño, sí; la locura impuso su ley, y, de aquel mundo, ya sólo guarda su lugar conservándose intacto en las paredes de la memoria que ya está de vuelta camino del olvido.

EL GUARDIÁN DEL TIEMPO

Envuelto en firmamentos de nubes azules, todo aquel mundo daba vueltas entorno a un tiempo empañado de brumas y neblinas blancas dibujando siluetas vestidas de ilusión. Raro era todo aquello; sólo llovían mañanas grandes; y todo crecía grande, fuerte, robusto y desafiante; hasta el propio tiempo, era incapaz de contenerse en aquel minúsculo espacio lleno de realidades pequeñas dibujando monotonías. El desafío, era constante: el tiempo, era caprichosamente infinito; la edad, excesivamente corta; las ansias, inexplicablemente, desmesuradas; el vigor, exageradamente creciente; la experiencia, alocadamente minúscula; y los sueños, profundamente grandes. En fin, nada había que guardaba mesura, ni compostura; pero, el que gobernaba todo aquel cielo, bien sabía que mañana también será grande, como lo fue ayer.

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