Estado fallido

 

Por Fco ELÁ ABEME

En estos momentos, estoy convencido, si no se hubiera descubierto el petróleo guineano y Obiang no hubiera tenido esa habilidad de comprar voluntades, Guinea Ecuatorial hoy sería ya, oficialmente, un estado fallido. O estaríamos hablando de ella como uno de los estados pobres de África.

Y es que, desde el día que accedimos a nuestra manumisión oficial, se ha dado en nuestra historia una conjunción de elementos negativos, incompatibles con el normal desarrollo de un país que comienza su andadura como pueblo independiente.

El primero de estos elementos, cómo no, es la malicia de los dos “monarcas” de nuestra República “coronada”. A los dos Nguema les puede la malicia. Odian a nuestro Pueblo, porque no lo conocen.

A esto se añade los agobiantes complejos que les produce su congénita falta de preparación académica, que han querido soterrar bajo el barniz de la petulancia y el embrutecimiento.

Y todo esto lo señalo, tomando ejemplo de un audio –otra nueva forma de combatir la tiranía– que circula por las redes, en el que se escucha a todo un “señor ministro” de Obiang exigiendo a un desgraciado, sometido a tortura, que “pruebe su inocencia”. Es decir, que delate a otros inocentes y cuente conspiraciones inexistentes. Así se amplía la lista de torturados y asesinados.

Probar la inocencia, a estas alturas, significa, como digo, que Guinea Ecuatorial es, formalmente, un estado fallido. Porque la inocencia sólo se prueba en las tiranías más abyectas.

Probar la inocencia significa consagrar la aberración jurídica de presumir la culpabilidad. Todos son culpables, por órdenes de la superioridad, mientras no se demuestre su inocencia.

Es decir, en la Guinea de Obiang, no se han enterado de una de las grandes conquistas de la humanidad: la presunción legal de la inocencia. Todos somos inocentes, mientras no se demuestre lo contrario.

Por eso, técnicamente, se habla de presunción “iuris tantum”. Es decir, que es una presunción que admite prueba en contra.

De ahí la carga de la prueba: señor ministro, quien acusa es el que tiene que probar la culpabilidad del acusado. Y no invertir la carga de la prueba, como hace usted, exigiendo a un torturado que pruebe su inocencia.

Claro que, para usted, esto es como si le hablara en chino. Usted, en su vida, jamás hará el esfuerzo de no torturar a un inocente por exigirle que pruebe su inocencia.

 

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