África y el culto a los muertos

 

Por José Eugenio Nsue

Hay costumbres y prácticas que no cambian y me temo que difícilmente cambiarán en nuestro continente a corto y a mediano plazo, el culto a los muertos en África es una de ellas.

Si bien, antes del nacimiento de Cristo Jesús casi todas las culturas y civilizaciones milenarias habían guardado especial respeto a los muertos porque creían que había vida después de la muerte. Así, los romanos, por ejemplo, no enterraban a los suyos en lugares tranquilos y solitarios, sino más bien a orillas de las calzadas a la salida de las ciudades, donde los transeúntes podían contemplar las tumbas y admirarlas; era costumbre decorarlas con guirnaldas de flores y colocar ofrendas de vino y comida delante de ellas porque creían los romanos que, si los muertos no eran debidamente enterrados y cuidados, sus espíritus se les aparecerían y les llegarían a causar daños; también se creían que su actividad vital continuaba en cierta manera y por tanto había que abastecerlo de las cosas que necesitara. Un cazador querría tener su lanza, un agricultor sus aperos, y una mujer su huso (argadillo, aspador).

Para los griegos era un deber ineludible enterrar a los muertos, ya que las almas de los que no recibían sepultura ni rito funerario alguno estaban condenadas a vagar eternamente y a perseguir a sus parientes por haber descuidado el cumplimiento de los preceptos religiosos con los difuntos. Sin embargo, está norma no se respetaba con los ladrones de templos, con los suicidas ni con los delincuentes ajusticiados. El entierro de los difuntos era uno de los pilares fundamentales de las creencias familiares, ya que los espíritus de los antepasados eran una especie de divinidades a las que debía rendir culto de forma periódica. Ellos creían que bajo tierra hay un lugar profundo, grande, amplio, oscurísimo y sin sol. Es el Hades. En aquel abismo enorme reina el hermano de Zeus, llamado Plutón.

Para los egipcios, el hombre era un compuesto de cuerpo, alma y otro elemento que ellos llamaban Ka, el doble. A este se le concebía como una especie de genio invisible o sombra que acompañaba a cada persona, que nacía con ella, pero le sobrevivía después de la muerte. Ellos creían en la otra vida y, por consiguiente, en la supervivencia de una parte esencial del hombre.

En todas estas culturas, honrar a los muertos era una consecuencia del respeto y consideración que tenían a los muertos en vida. Las personas, independientemente de su estatus social, eran tratadas con dignidad; la sociedad a la que pertenecían procuraba que su estancia y su existencia en vida transcurriese en condiciones normales, que en caso de enfermedad tuvieran remedios según las posibilidades de cada familia.

En el África subsahariana, el respeto hacia los difuntos fue siempre de obligado cumplimiento porque el pensamiento y las creencias ancestrales afirmaban que los muertos seguían actuando e intercediendo por nosotros, los vivos; de la misma manera, su enfado conllevaba desgracias y sufrimientos a los vivos. Al igual que la otras culturas, los africanos subsaharianos agasajaban a sus muertos durante los rituales fúnebres con lo mejor que había, con las comidas y bebidas que les gustaban en vida; asimismo hablaban con ellos, les contaban sus inquietudes y proyectos, y les pedían consejos e intermediaciones para que las cosas les fueran mejor y, en caso de una deslealtad o un despropósito cometido, había que reconciliarse con ellos para evitar su furia.

Hasta aquí todo normal pero, a día de hoy lo que pasa en África sobre todo la subsahariana con los muertos ya traspasa toda lógica humana. Pasa que los africanos en general ya no les importa la vida de las personas familiares, amigos y conocidos; uno puede estar muriéndose de la miseria, de enfermedades curables muchas de ellas, de injusticias, de falta de trabajo…; a nadie les importa; todos pasan y miran por otro lado. Guinea Ecuatorial es el paradigma de este oprobio, ignominia y deshonra hacia la vida. ¿Quién no ha visto cómo mueren como perros africanos; los perros europeos son tratados con una exquisitez y delicadeza que a muchísimos africanos les hubieran gustado ser tratados igual; aquellos que habían ‘servido’ al régimen y habían sido personas preeminentes en el reino de Kalunga – Akoakam sin que su patrón a quien habían servido lealmente y su régimen, se molestasen a, al menos, mandarles a curarse fuera del país pero que una vez muertos ahí es cuando organizan funerales de Estado, mandan comprar ataúdes millonarios, mandan aviones presidenciales para la repatriación del cadáver y los familiares. En el país, desde el mismísimo rey del reino de Akoakam hasta el último alguacil de la presidencia, todos se visten de luto: trajes oscuros, camisas blancas, corbatas negras y gafas de sol encabezando los cortejos fúnebres con semblanzas de estar consternados?

Estamos viendo en todas partes del país cómo los velorios, entierros y funerales se han convertido en auténticos escenarios festivos donde los familiares “pudientes” compran camiones de bebidas, cajas y cajas de comestibles y bebestibles mientras que los asistentes montan un jolgorio cuan un banquete nupcial cánticos impropios de una situación luctuosa y cuando esos mismos ‘parientes’ veían al finado o a la finada padeciendo y no fueron capaces de comprarles una simple aspirina o simples apósitos.

Lo que más chirría con este comportamiento es que muchos africanos, si no todos, se declaran creyentes y practicantes; es más, no se celebra una defunción o unos funerales sin acudir a los oficios religiosos pero se olvidan de las palabras de aquel humilde Carpintero que nació en Nazaret hace unos 2018 años:”Entonces dirá el Rey a los de su derecha: Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron se beber; era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, encarcelado y fueron a verme” Mt25, 34-36.

Esa manía de “¿respetar?” y considerar más a los muertos, aquellos que ya no están con nosotros; que ya no necesitan nada de lo que se utiliza, que los vivos que sí necesitan el respeto y consideración; requieren más nuestra atención, caridad y solidaridad. Es la demostración de que los africanos vivimos al margen de la civilización porque, mientras en todo el mundo la vida de las personas es sagrada, cuidada y respetada las mentes preclaras de los africanos siguen discutiendo si si son podencos o galgos.

Así lo pienso y así lo digo; ¿qué os parece?

 

 

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Comentarios

    Marta Andeme

    (septiembre 30, 2018 - 7:31 pm)

    Esos africanos europeizados , desprecian siempre la cultura nuestras y deshonran a los ancestros. Que los ancestros se apiaden de tí

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