Mi prisión sin fianza

No creía…
No sabía… (…)
… Que podría llegar a ser tan rico.
Jamás imaginé experimentar esa sensación que empezaba a alegrar mis días…

… Habia sido,
una de las mejores cosas hermosas que me habían pasado en tan poco tiempo.
Pedía, una y otra vez, más, más y más…
Que no se acabará. (…)

Y aquello se convirtió en mi mejor adición.
“Mi droga más apetecible que había probado jamás”.

Allí, ¡caray!
La consumía a diario, como ninguna otra sustancia con alto entusiasmo, y con una alta felicidad inigualable.
No había probado nada igual y esa exquisita y extraña sensación fue alegrando todos mis días.

Las horas se hacían cortas para mi,
y sin embargo algo me mantenía
con la esperanza imaculada en mi corazón.
Que ésa vez,
ésa única vez, sería diferente, distinto, a como otras veces.

Pero…
Sin embargo,
por más que lo desee,
por más que lo pedí,
había tocado fondo.
La agonía se alojó y con ánimo de lucro en mi ser,
y mi salida más patéticamente hironica
había sido la derrota.

Que ésa vez,
otra vez,
fue cruelmente aceptada,
no tenía otra salida.

Con el alma cicatrizada,
y el corazón sangrando y dejándome terriblemente débil,
y la misericordia,
riéndose en mi linda cara,
ella, la jodida,
a penas una tregua
quiso negociar.

Ésa fue mi terrible condena
mi cadena perpetua.

Ruth #VocesDeMiAlma

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