Ya es tarde

Por Francisco Ela Abeme

Si los actuales esfuerzos por explicar al mundo las excelencias de un régimen, bañado en sangre y cebado por lo corrupción, se hubieran desplegado al principio, con un poco de buena voluntad y el firme propósito de hacer bien las cosas, hoy, Guinea Ecuatorial estaría ya sentado en el Olimpo de los grandes.

Pero el poder que surgió de la ruinas de Macías, al gritó de…”por una Guinea mejor”, decidió, no de sabe porqué razón, instalarse en el engaño, en la ficción, en el latrocinio, en el secuestro y en el asesinato, que, lo que ha logrado, y esto hay que reconocerlo que con maestría, es establecer una distancia sideral entre el estado y la sociedad guineana.

De tal suerte que, en Guinea, estado y sociedad siguen vías paralelas que, me temo, si las cosas siguen como están, que nunca se encontrarán.

Por eso creo que Obiang puede ponerse como quiera, disfrazarse de lagarterana, de monje, llorar en la tribuna del Consejo de Seguridad, peregrinar a Tierra Santa o a Santiago, pero no podrá lograr volver a reunir a la Oposición para hablar, seriamente, de o sobre nuestra Guinea. Obiang no ha sido, no es ni será nunca serio ni leal al Pueblo guineano.

El otro día, aquí, en esta ágora, el amigo Gabriel, a quien no tengo el gusto de conocer personalmente, y no me gusta juzgar por referencias, con más moral que el Alcoyano y en un esfuerzo por indicarle los granos de arroz a la gallina, nos hablaba de la conveniencia de mantener abierta la vía del diálogo, pese a la dura experiencia que está viviendo en Guinea, desde que su presencia empezó a preocupar en “Ongoete”. Eso, amigo Gabriel, te honra.

Pero la realidad de un pueblo no puede ser un permanente “desiderátum”. Quiero, pero no sé cuándo voy a poder. La realidad del pueblo –y eso te lo dice un creyente– no es materia de fe. La realidad de un pueblo, sobre todo en este mundo contemporáneo, en el que quien no corre, vuela, exige señalar horizontes y marcar objetivos. Desplegar el cacúmen, atrapar las oportunidades al vuelo, no ir por la vida de negritos menesterosos ni perder el tiempo.

Nuestros largos cincuenta años de independencia han sido un tiempo muy aprovechado para Obiang y su familia, pero tiempo perdido para nuestro Pueblo y sus aspiraciones. El Pueblo guineano no vislumbra, en el actual estado de cosas, su posibilidad de alcanzar su estado de bienestar, al que tiene derecho.

Tampoco se observa en Obiang ese atisbo de inteligencia que pueda llevarle a la convicción de que ya le ha dado, mal o bien, todo lo que podía a Guinea.

Por lo que voy a dejar a mi Pueblo caminar…

Todo lo contrario, Obiang sigue creyendo, firmemente, que, sin él, nada es posible en Guinea. Razonamiento éste por el que tendríamos que ponerle una peana de oro, y besarla todos los días.

No, amigo Gabriel. No podemos esperar, hasta la consumación de los siglos, que Obiang se despoje de su vulgar jactancia, descienda de su Olimpo y se siente a negociar. Él es autosuficiente y no necesita nada de la Oposición.

Por lo que nunca hablará seriamente con ella.

Obiang tiene, en estos momentos, una única alternativa: presentarse ante el Pueblo, pedir perdón por todo el bien que ha hecho, devolver la manubia, y darle al Pueblo la oportunidad de elegir seriamente, de forma libre, transparente y democrática, a quien quiere.

De este modo, el Pueblo guineano podrá iniciar su camino hacia su construcción nacional, su creación de un estado de ciudadanos y su sociedad de bienestar, sin complejos.

Si Obiang, libremente, no se aviene a esta alternativa, el Pueblo guineano, libremente, también podrá optar: a) Por las rogativas del diálogo, hasta que Obiang estire la pata. O por b) Darle la justa respuesta que se merece: “el que quiere esto, que haga lo que yo hice“.

En esta segunda opción, es verdad que Pueblo puede sufrir. Pero nunca será más de lo que sufre ahora. Porque ahora es cuestión de ser o no ser.

¡Y, además, qué carajo, como dijo el otro, “más cornadas da la miseria”!

Y, con esto, por hoy,

¡He dicho!

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