Un país renqueante

Por Francisco Ela Abeme

Decir que Guinea Ecuatorial es un país víctima de los caprichos de una familia, es descubrir la pólvora. Por ser un hecho de dominio público.

Pero esto no nos lleva a afirmar que Guinea marcha según la salud de Obiang, porque hubo un tiempo en el que la salud del “Trabajador Decente” estaba bien y, sin embargo, el pequeño país estaba de capa caída.

Lo que pasa es que como, por la santa voluntad del “Fundador”, Guinea no es más que una prolongación de Obiang, pues, el pequeño país anda más zurcido que los calcetines del obrero.

No se puede ser más inepto. Maliciosamente inepto. Obiang no sabe qué hacer con un pequeño país, poco poblado e inmensamente rico. Lo que más le enloquece de la situación, es que, a pesar de lo que roban, no se agota ni la riqueza humana ni la material.

Como nunca entendió eso de que el gobernador no se ocupa de las minucias, ahora, ante la realidad de gobernar, que es su principal obligación, por no decir exclusiva, la de vigilar el proceso, para que los jueces no meen fuera del tiesto, vigilar a la suegra, que ya no tiene fuerza para machacar las hojas de yuca, la salud del hermano sicario y la propia, se embota. No sabe por dónde tirar. No tiene ni en quién ni en qué apoyarse. 

Muchas veces, viendo su sombra proyectada en la cama, ha tenido que llamar a la sargentona bígotuda para preguntar si tenía a alguien en el tálamo.

En cuarenta años, no ha estructurado el país para que funcione solo, mecánicamente, por lo que, si el fundador estornuda, el pequeño estado coge una pulmonía, que casi le lleva al otro lado del límite.

En cuarenta años no le ha cubierto ni uno solo de los frentes. El país sigue enfrentado a los viejos fantasmas: vivienda, sanidad, educación, infraestructuras, abastecimiento (alimentos, luz eléctrica, agua potable y corriente), trabajo, armonía social, funcionamiento de la administración, seguridad y defensa.

La delincuencia crece en la misma proporción que la miseria que agobia a la población. Los jóvenes, a falta de horizontes, se han tirado a la calle…”a ver lo que pillan”.

En definitiva, la ineptitud se mezcla con la convicción suya de que el Pueblo no se entera de nada. Por lo que el inepto corre como el agua empantanada.
Hasta su propio entorno, viendo cómo la situación hace aguas por todas partes, le está aconsejando que entregue el testigo al propio Pueblo, para que se pronuncie, antes de que vayamos todos a parar al cadalso.

Al final, la zorra terminará comiendo el ciempie…de tanto esperar.
Y, con esto, por hoy,

¡He dicho!

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