Reeditando que es gerundio:La vocación al Episcopado en la Iglesia de Guinea Ecuatorial

 Las declaraciones del Papa  molestas estos días al acentuar que,  “Por favor, no se rodeen de lacayos y de ‘yes men’… o de sacerdotes ‘trepas’ que buscan siempre algo… ¡No, por favor!”, que se puede leer aquí: https://www.aciprensa.com/noticias/papa-francisco-pidio-a-obispos-no-rodearse-de-lacayos-y-sacerdotes-trepas-58845  nos han llevado a la reminiscencia, al  artículo que, fue publicado por primera vez POTOPOTO en Febrero de 2007 y más tarde en la página digital Guinea-Ecuatorial.net del mismo año; hoy , hace 12 años, causó furror en el seno de la iglesia Católica y  en la sociedad guineoecuatoriana.

Desde la distancia, estuvimos al corriente de muchas cosas dichas falsamente contra el autor del artículo.Un artículo que muchos siquiera leyeron pero, opinaron  siguiendo comentarios de los que lo leyeron por encima  .

¿El autor del artículo que, es humano y no un santo, en qué falló en comparación a las declaraciones recientes arribas señaladas?¿Será que , no es blanco, ni Papa?

Lean y disfruten de la lectura :


YO NO QUIERO NI PUEDO SER OBISPO, ya que no tengo virtudes para acceder a tal “cargo” hierático. De modo que, pido la tranquilidad y el sosiego a todos los que tienen la vocación al episcopado. ¡Que no me odien, ni me consideren como un rival! Sólo emito opiniones sobre uno de los temas espinosos en la Iglesia que peregrina en las tierras de la República de Guinea Ecuatorial: EL SER OBISPO. ¡Menuda lucha! ¡Menuda rivalidad entre los pretendientes! ¡Menudos ritos paganos, por lo tanto, no-cristianos practican los aspirantes!1 ¡Menudos trepas! ¡Menudos…!

¡Seamos sinceros! No todos. Pero algunos sacerdotes de la Iglesia en Guinea Ecuatorial soñamos con el solideo, la mitra, el báculo y el palacio episcopal. ¿Con qué finalidad? ¿Por qué este “sacro cargo” de la jerarquía eclesiástica despierta tanta ambición? ¿Esta actitud pasa sólo en el clero guineo-ecuatoriano? Respondería a esta última pregunta con un no rotundo. Esta actitud, a lo largo de la historia de la Iglesia, ha estado presente en el clero ambicioso de poderes y de honores.

  • Desde el siglo III de nuestra era, el episcopado ya venía despertando mucho interés en las llamadas iglesias episcopales. En éstas, el obispo era concebido como el rector indiscutido de la comunidad en todas las manifestaciones de su vida. De hecho, en esta época, se dejaron oír voces como estas: el obispo es la iglesia y la iglesia es el obispo. Algo así como la frase que atribuyen al rey absolutista francés, Luis XIV (siglo XVII): L’État c’est Moi (El Estado soy Yo). El obispo no dejaba lugar a la subsidiariedad en el gobierno de la comunidad eclesial. Actuaba como auténtico señor feudal, con un poder absolutista impresionante. Acaparaba todo el gobierno de su iglesia-feudo, de modo que se adjudicó las siguientes funciones: predicar la fe en la homilía; velar por la pureza de la fe y la liturgia, porque el obispo era el ministro exclusivo del Bautismo y la Eucaristía; custodiar la disciplina interna y la moral; dirigir el trabajo de beneficencia en la vida diaria; organizar la ayuda en momentos de crisis; administrar los bienes muebles e inmuebles de la comunidad a su antojo, sin rendir la cuenta a nadie; representar a su iglesia en las relaciones con otras iglesias locales, en los sínodos y los concilios; y ser anillo o puente entre las iglesias particulares y la iglesia universal2. Es, así, como el obispo se hizo muy poderoso en funciones y en bienes acumulados. Como vemos, los presbíteros poco pintaban en los asuntos de la comunidad eclesial; en vez de ser los colaboradores directos del obispo, éste les convertía en unos objetos del escaparate; y muy pocas veces les utilizaba como “celebramisas” cuando estaba cansado o tenía otros compromisos.
  • En el siglo IV, después de que el cristianismo llegara a ocupar un puesto preeminente de entre las religiones del Imperio romano, la práctica habitual, a partir de este momento, va a ser la conversión de muchos reyes y emperadores al cristianismo, no tanto por convicción, sino por oscuros intereses3. Estos monarcas eran conscientes de que, para asegurar su poderío político, tenían que pactarse con los líderes espirituales, y ganar, así, su confianza y aprobación, cómo no, a través de algunos donativos (haciéndoles mojabarba4 o wuruwuru5, como dicen en mi pueblo). Es así como la figura del obispo también, en esta época, vuelve a ganar mucha consideración. El obispo era una persona sagrada de cara a la iglesia y una persona dotada de influencia de cara a la sociedad. Él actuaba como un hombre bisagra entre el pueblo llano y la aristocracia/monarquía.

Es posible que, desde estas dos consideraciones, el episcopado haya despertado tanto interés entre el clero, y haya sido apetecido por muchos clérigos expertos en el tráfico de  influencias; dicho con otras palabras, la apetencia del episcopado ha forzado esta “extraña vocación” que algunos sacerdotes sentimos apasionadamente hoy día en nuestra Iglesia. ¡Qué lástima que la fuerza de la ambición del poder y de la influencia y las ganas de lucir el solideo, la mitra, el anillo y el báculo en las Solemnidades de mucha concurrencia de gente importante de la sociedad nos vuelven sordos para no escuchar lo que Cristo dice a los Doce: “Quien quiera ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos” (Cf. Mt 9,35)!

Por eso, no creo que el ministerio (no “cargo”) del episcopado se resume en poder e influencia. Pienso que significa algo más. La misma palabra ministerio ya lo expresa: es un servicio. El que algunos lo hayan falseado en el pasado como, a menudo, falseamos nuestros ministerios hoy día, no significa que tiene que ser así. El obispo no es un poderoso ni influyente. Todo lo contrario, es un Siervo de Dios, que significa Servidor de su pueblo. El obispo es, ante todo, un Creyente en el Dios de Jesucristo, que es el Dios Trinitario, no un supersticioso ni amigo de los curanderos/as; es Padre del pueblo, no paternalista; es Buen Pastor, no un asalariado o malhechor; es Testigo del perdón, no un rencoroso empedernido; es Defensor de los pobres, no explotador; es Amigo y compañero de sus sacerdotes con los que forma un presbiterio, no enemigo ni rival de los mismos; es Garante de la unidad, no segregacionista; es Maestro de la sabiduría divina, no sólo la humana; es un Hombre normal y natural, no extravagante ni extraterrestre; es un Hombre cercano a su pueblo, no un celestial terreno; es un Hombre claro, no misterioso; es un Hombre optimista, no pesimista; es un Hombre sensible a los problemas del pueblo, no sólo a los suyos personales o familiares; es un Hombre sencillo y abierto, no un presumido ni cerrado; es un Hombre disciplinado, no un caprichoso; es un Hombre libre de ataduras de tipo ideológico, étnico (Fang, Bubi, Ndowé, Bujeba, Annobonés), tribalista (Eseng, Esabang, Efac, Nsomo, Esangui, Esandón, Olea…), regionalista, “distritista”, lingüístico (Ntumu y Okac)6, grupal o de intereses particulares, no esclavo partidista o un capillista; es Servidor de la verdad, no embaucador; es Seguidor de Jesucristo, Modelo de hombre humano y espiritual, no inhumano ni materialista; el obispo es, en todo caso, un bien para “toda la Iglesia” (buenos y malos), y no sólo para el elegido y para los que lo proponen o los trepas que lo rodean los 365 días del año. Y sigo opinando que a un sacerdote que muy pronto se le ve el plumero de la soberbia y la prepotencia, y que no ha parado de acribillar, lastimar a sus hermanos del presbiterio y sembrar la cizaña entre ellos, no debería ser obispo, porque está iniciado y sumido en la práctica de la malicia, la influencia, el soborno o wuruwuru. No en vano dice el refrán que “por la víspera se conoce al santo”. Y en la Iglesia de Cristo no cabe ni la malicia ni la prepotencia ni la influencia ni el soborno o wuruwuru ni la división.

Por cierto, la división es otro tema que hostiga a nuestra iglesia junto con el que nos ocupa ahora. Hay dos claros equipos o bandos que mantienen desde hace mucho tiempo una especie de guerra fría: los diocesanos y los religiosos, en general; y entre los religiosos nativos y expatriados, en particular (el hecho de que haya congregaciones con más de veinte años de existencia en el país sin vocaciones nativas explica esto por sí sólo). Estos bandos compiten en santidad e idoneidad. Y la absurda prueba de santidad que utilizan consiste en ridiculizar con todo tipo de murmuraciones, comentarios de mal gusto y gratuitos, maledicencias y calumnias, queriendo probar quiénes son los más pecadores e ineptos. Mientras los religiosos quieren probar su santidad  e idoneidad luchando a brazo partido en constituirse en la cantera de obispos de la Iglesia en Guinea Ecuatorial, los diocesanos van como unos auténticos francotiradores: Cada uno vela por su “yo” a costa de señalar la paja en el ojo del compañero. Ojalá volviera Jesucristo y nos hiciera esta pregunta: ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? (Cf. Mt. 7,1-5). Los que han conseguido congeniarse con el obispo del turno trepando por el escalafón arriba, no hacen nada más que descalificar y controlar a sus compañeros a fin de que sean ellos los futuros prelados de no-sé-qué-diócesis

¡Que no nos engañemos! Admitámoslo, no porque lo he dicho yo, sino porque es así. Estos dos bandos o equipos tienen sus respectivos ideólogos que se afanan en que las cosas tienen que seguir de esta manera. Recuerdo que un amigo religioso me contó que tuvo un superior en su comunidad que le regañó por tener una amistad fluida con los diocesanos; y el caso de un sacerdote diocesano al que invitaron a dar una charla a un grupo de religiosos, y lo negó sólo porque no tenía nada que ver con ellos, según decía. ¡Es una vergüenza! Todos, religiosos y diocesanos que trabajamos en la Iglesia en Guinea Ecuatorial,  deberíamos hacer una lectura atenta y creyente del pasaje de la primera epístola a los corintios que habla de las divisiones y escándalos entre los fieles: los partidos de la Iglesia de Corinto. “(…) Me refiero a que cada uno de vosotros dice: “Yo soy de Pablo”, “Yo de Apolo”, “Yo de Cefas”, “Yo de Cristo”. ¿Está dividido Cristo?…”  (Cf. 1Cor. 1,10-16). Esto, traducido a la realidad que se vive en la Iglesia en Guinea Ecuatorial, suena a lo que sigue: “Yo soy de san Antonio María Claret”,Yo soy de san José de Calasanz”, “Yo soy de san Juan Bosco”, “Yo soy de santa Claudina Tevenet”, “Yo soy de san Pedro Poveda”, “Yo soy de san Marcelino Champagnat”, “Yo soy de san Juan Bautista de La Salle”, “Yo soy de Armengol Coll y de Imelda Makole”, “Yo soy de san Benito Menni”, “Yo soy de María Rafols”, “Yo soy de la Virgen de Bisila”, Yo soy de Vicente de Paul, Yo soy de San Agustín, Yo soy… yYo soy sacerdote diocesano, por la gracia de Dios y por la generosidad de mi obispo que se ha dignado ordenarme cura a pesar de los pesares”. Ante esta atomización eclesial manifiesta, cabe preguntar ¿quién es realmente de la Iglesia de Cristo en Guinea Ecuatorial? Al parecer los intereses personales y congregacionales están por encima del amor a la Iglesia en general. Muchos limpian su conciencia con tal de señalar que los otros son los que hacen mal las cosas. El padre Congar tiene razón cuando dice en su libro Chrétiens desunís, Principes d’un “oecuménisme” catolique, Ed. Du Cert, París 1937, p. 47: “Nos hemos vuelto hombres diferentes. Tenemos el mismo Dios, pero somos ante él hombres diferentes y no podemos convenir en la naturaleza de la relación entre nosotros y él”. 

Y yo me pregunto una vez más, si todos se apuntan a obispos, ¿quiénes se ocuparán de esta pobre iglesia nuestra abandonada a su suerte? ¿Nos ordenamos sacerdotes para el episcopado o para servir al pueblo de Dios que también se encuentra en las aldeas recónditas de nuestra geografía eclesiástica? ¿Por qué hay tanto sueño con el palacio episcopal?  ¿Una vez llegado a este palacio anhelado, hay garantías de que no se va a atropellar a los rivales? ¿Si despojamos a los compañeros de su dignidad, sacando a luz los defectos que creemos encontrar en ellos (sin resaltar en ningún momento sus virtudes), sólo porque queremos asegurar nuestra candidatura al episcopado, qué credibilidad tendremos ante este pueblo que nos ve? ¿Si se descalifica a los compañeros sólo por la ambición de llevar un día el solideo, la mitra y el báculo, quiénes serán los colaboradores con que se va a formar el presbiterio, cuando se esté en la cúspide? ¿Los que no lleguemos (porque no todos llegaremos) a ser obispos seremos menos servidores en la Iglesia de Cristo? Además, ¿se consigue el episcopado por practicar ritos paganos y satánicos (magia negra, mibili, bitog, bwiti ) y por zancadillas, acusaciones y desprecio a los demás o hay que ser transparentes, actuar bien, jugar limpio como manda la Santa Madre Iglesia a fin de que el Espíritu Santo se fije en nosotros y nos aliste en la terna? Si permanecemos en la Iglesia-partidos, ¿qué testimonio cristiano de comunión, caridad, solidaridad, comprensión, mutuo entendimiento y unidad damos a nuestra sociedad, a la cual han inyectado la idea de que gente que pertenece a grupos ideológicos, políticos, étnicos, regionales… diferentes no deben tratarse de igual a igual? Con estas divisiones a la luz de todo el mundo, ¿cómo podemos evangelizar a este pueblo nuestro? ¿Habría que esperar la segunda venida de Cristo para que nos recuerde una vez más que todo reino dividido será desolado y toda ciudad o casa en sí dividida no subsistirá? (Cf. Mt 12,25). En fin, ¿hasta cuándo va a subsistir esa diocesanofobia y religiosofobia que algunos religiosos/as  y diocesanos tienen y fomentan mutuamente, aunque de forma encubierta, en la Iglesia en Guinea Ecuatorial? ¿El sólo narcisismo religioso y diocesano, sin más, podrá arreglar la difícil situación que atraviesa nuestra joven Iglesia?

¡Dejemos de pensar en el episcopado y en las divisiones! Pongámonos a trabajar juntos y fuerte para sacar a nuestra iglesia de donde está anclada y estancada. No podemos seguir manteniendo y remendando los esquemas y las viejas estructuras que dejaron los (colonos) misioneros en el siglo antepasado muy antes de que se pensase la celebración del Concilio Vaticano II, cuyo cuarenta aniversario está conmemorando la Iglesia hoy día. Éste fue el gran concilio de la renovación de la Iglesia ad intra y ad extra.  Admitamos que somos los únicos en nuestra zona geográfica de África que no han avanzado en casi nada, por distraernos con temas ambiciosos y partidistas. Hay otros temas que brillan por su ausencia y  que, en mi opinión, deberían acaparar especial atención en la situación actual de nuestra Iglesia, como la programación conjunta de la pastoral desde un serio análisis de la realidad actual de nuestra sociedad; una seria organización o estructuración de las diócesis y las parroquias en vicarías, arciprestazgos, delegaciones y consejos de consultores para descentralizar las funciones y mostrar la transparencia de gestión como hacen hoy en día en muchos lugares de la Iglesia universal; la creación de archivos parroquiales; el abastecimiento de ornamentos y demás material litúrgicos en nuestras parroquias; el diálogo ecuménico con las comunidades de las iglesias hermanas; la formación permanente del clero y de las religiosas nativas, basándose en los cursillos, los seminarios y las charlas, a cargo de unos especialistas; el fomento de la fraternidad sacerdotal, a partir de los encuentros de oración y de ágape y reuniones periódicas o puntuales preparadas con seriedad; la preocupación por la situación del clero secular, en el ámbito de la asistencia sanitaria, la vivienda, la alimentación, la remuneración para garantizar su estabilidad emocional y afectiva; la creación de métodos de autofinanciación de nuestras diócesis; la creación de un hogar para los sacerdotes mayores y enfermos…  Hasta ahora este clero pobre y abandonado a su suerte en muchas parroquias de nuestras diócesis, lucha por sí sólo para salir adelante sin ningún respaldo de su institución. De ahí que muchos nos aventuramos a “tener” sólo por el instinto de supervivencia. Sí, damos la sensación de que algunos hemos pasado de la supervivencia a vivir en la opulencia; parecemos más empresarios que eclesiásticos, más señores que servidores. De ahí también que muchos nos hemos dejado comprar y vender a cualquier precio; hemos perdido los principios de nuestros ministerios sólo porque buscamos una cosa: la supervivencia, la no-aniquilación. Todo ser viviente rechaza instintivamente su aniquilación, su desaparición, su destrucción, su debilitación; rechaza la pobreza involuntaria y la miseria. El sacerdote diocesano de Guinea Ecuatorial, por su condición de ser viviente, también lucha para sobrevivir. Debe luchar porque nadie más lo hace por él.

Es muy duro ver cómo un sacerdote secular, también llamado diocesano, va destinado a una parroquia o unas capillas donde están ausentes las mínimas condiciones de vida y de habitabilidad. Muchos de los que han ido a estos destinos van como castigados ¿para expiar sus delitos? Sí. Existen parroquias y zonas que “oficialmente” ya son consideradas destino de castigo como si los cristianos que en ellas habitan fuesen de rango inferior, menos cristianos y merecedores de sacerdotes castigados. No es de extrañar que haya ciertos sacerdotes que se oponen a aceptar y residir en estos destinos. No me gustaría que esto siguiese así: sacerdotes destinados a sitios difíciles de llegar, vivir y habitar sin ningún medio de locomoción, sin mercado para comprar, sin casa con cédula de habitabilidad, sin dinero en la caja ni en el bolsillo para comprar siquiera medicamentos en caso de enfermarse. Van sin nada, a la aventura, al amparo de nadie, abandonados en las manos de Dios. Tampoco se dialoga con ellos acerca de los nuevos destinos. Reciben, en muchas ocasiones, un papelito o les comunican verbal e inesperadamente su nuevo destino a través de otro sacerdote o de un seminarista. Y así, sin más. Sí. Son los auténticos apóstoles, los enviados sin bastón, ni alforja, ni sandalias, aunque, a veces, se tiende a no reconocerlo y a mirar más en qué van a fallar, con quién van a hablar, dónde van a entrar, a qué hora salen y entran, qué música escuchan, y con quién comen y beben, olvidando que Jesús comía y bebía con los marginados clasificados en pecadores y pobres. Nadie reconoce el sacrificio titánico y ciclópeo de estos verdaderos apóstoles que comparten con los hombres y mujeres de las aldeas las penas y las alegrías, y sobre todo, la Buena Nueva de Jesucristo que no quiere el sufrimiento de los Hijos de Dios. Jesús no quiere la miseria, no alaba las condiciones infrahumanas; todo lo contrario, apostó por la salvación y la liberación del hombre y la mujer de todos los tiempos y lugares de nuestro mundo. Lo más cruel y paradójico es que aquellos y aquéllas que defienden (para otros) esta manera de vivir a estilo evangélico7, erróneamente entendido, ellos mismos viajan en cómodos, lujosos y confortables todo-terrenos donados por algún organismo europeo so pretexto de hacer la pastoral en zonas de difícil acceso, donde, en realidad, van muy poco o nunca, a no ser que se realice alguna excursión de fin de curso en Ecofac8, en Djibiloo, una cascada del río Wele, en el distrito de Añisok, o en Basilé o Moka; viven todos ellos “hacinados” en las ciudades preferidas como Malabo, Bata y Ebibeyín, donde pueden comprar de lo que les haga falta; habitan en casas con un lujo increíble; tienen tres comidas seguras y la merienda diariamente; tienen un seguro médico en alguna parte del mundo, y la garantía de que van a ser evacuados de Guinea Ecuatorial si se enferman. Y es más, sus bolsillos y cajas fuertes están siempre con dinero local, el Franco CFA y las divisas (Dólar y Euro). Estos mismos defienden y exigen que los diocesanos vivan el voto de pobreza que nunca prometieron. En opinión de algunos, las cosas van mal en nuestra Iglesia en Guinea Ecuatorial porque los diocesanos no dan ejemplo, porque algunos tienen coches usadísimos, de cuarta o quinta mano,  traídos de los desguaces de Europa, y, así,  no viven el testimonio de pobreza entre otros testimonios que les exigen. “El que esté sin pecado, que tire la primera piedra”, diría Jesucristo en situaciones como estas que acabo de describir. ¿Quiénes viven realmente el voto de la pobreza, para no decir miseria, en la Iglesia en Guinea Ecuatorial? ¿No será que detrás de las críticas de que son objetos este clero pobre, se esconde la intención de que debe haber la diferencia a nivel del poder adquisitivo y en nivel de vida entre los unos y los otros? Con razón dice el refrán: “Consejos vendo, para mí no tengo”. Insisto que esto no debe seguir así.

Por eso, estoy muy de acuerdo con mi hermano en Cristo, Salustiano-Oyono Nguema Mangue, cmf, que, en su artículo, Guinea Ecuatorial, una Iglesia que sueña… publicado por la revista Vida Nueva, núm. 2.459, del 12 de febrero de 2005,  dice que nuestra Iglesia necesita celebrar un sínodo ínter-diocesano para poner sobre el tapete muchos de los asuntos que requieren una solución urgente. Porque es una Iglesia que languidece y que debe abandonar o superar ya los caminos trillados por los misioneros del siglo XIX, sus esquemas no están ya a la altura para dar la respuesta a la problemática actual de nuestra sociedad. Por eso, también opino que los agentes de la pastoral, que somos todos nosotros, debemos alejarnos de la pastoral rutinaria y pesimista para pasar a la pastoral de la creatividad y optimista. Sin perder de vista algunos defectos y flaquezas de los miembros de las comunidades eclesiales, pero habría que valorar y ensalzar el esfuerzo que los mismos quieren desplegar a favor de nuestra joven iglesia. Para ello, hace falta que les brinden la libertad necesaria para que puedan trabajar sin supervisiones fatigosas y atosigantes. Hay que volver a una pastoral profética; es apremiante desmantelar y desacralizar ciertos comportamientos y actitudes impresos en ciertos individuos que constituyen un verdadero escollo y atascadero para la buena marcha de nuestra Iglesia; pero esto implica superar el miedo (sin sentido) a los “jefecitos”, al sistema y al trepa que lo vigila todo para acusar, buscando, así, su ascenso al rango episcopal. Hay que recordar a estos “jefecitos” que Jesús no formó una Iglesia de jefes ni de poderosos, sino de hermanos y hermanas; y en su programa no diseñó la idea de postrar, sino de levantar al hermano caído; no había la idea de condenar, sino de indultar, liberar y salvar. Por eso, la gran desgracia que le puede pasar a una comunidad eclesial es tener por “jefe” a un hermano inmisericorde y sádico, es decir aquel o aquella que disfruta cuando su hermano o hermana se ve envuelto en problemas. No. No queremos “jefes” de esta calaña. Queremos unos “jefes” que destilan amor, comprensión y perdón, con ganas de construir una verdadera iglesia desde las bases de la unidad, la armonía, la concordia, el diálogo, la paz y la santidad sin hipocresías ni la falsa humildad.

Espero que este artículo no me convierta, en opinión de algunos lectores, en un revolucionario (o un trepa) para que no me ataque la máxima que dice: “Los revolucionarios de hoy, son los corruptos del mañana”. Y si ellos lo estimasen así, me defenderé con otra máxima que reza: “Los no revolucionarios son los corruptos de siempre”. Ante todo, no es una revolución, sino un llanto, una opinión y una propuesta a la Iglesia a la cual pertenezco y que amo. Además, todo lo que he plasmado en este artículo no lo he inventado; son temas que están en boca de muchos hombres y mujeres de nuestra Iglesia. Yo, solo, me he prestado para ser el portavoz del clamor de muchos de ellos, a fin de dar la otra versión de lo que pasa en la Iglesia en Guinea Ecuatorial.  



                               Jesús Rafael Edu EYAMA ACHAMA,Sacerdote Diocesano

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