Fuisteis como nosotros, nosotros seremos como vosotros

Por José Eugenio Nsue

En la década de los 70 uno de los hombres más influyentes de Niefang y muy macista, que había ocupado varios cargos en la dictadura del anterior Nguema llegando a ser delegado de Gobierno, Manuel OLUY NZÓ, mandó escribir en el cementerio de Niefang un epitafio que enfureció al sanguinario y dictador Macías Nguema Biyogo y mandó borrarlo ipso facto. El epitafio rezaba así: ‘MÎMBÈ ANE BIÁ, BIÁ BÏFE ABO ANE MINÀ” (Fuisteis como nosotros, nosotros seremos como vosotros).

Reflexionando sobre ese epitafio, sobre todo pensando en la reacción que tuvo Macías al leerlo, o al leérselo antes no encontraba una explicación lógica para una reacción tan furibunda pero, tratándose de un cementerio, la posada eterna de los idos que para nosotros los africanos esos siguen influyendo y mandando sobre nosotros mucho más que cuando estaban en vida, podía ser que al recordarnos que ellos, los muertos fueron como nosotros, y quienes seguimos vivos en este mundo, seremos como ellos en cualquier momento de nuestra existencia. Puede que lo dijéramos los que seguimos en vida, los vivos, recordándonos a nosotros mismos que los muertos fueron también vivos y estuvieron muchos entre nosotros y antes de nosotros, y por lo tanto también nos descansaremos eternamente; puede que fueran los difuntos los que nos recuerdan que ellos estuvieron vivos como nosotros y nosotros seremos y estaremos donde ellos están actualmente.

Lejos de enfurecerse por una frase dicha por los fantasmas o por los vivos, aquella inscripción, epitafio, venía a replantearnos lo que debía ser una obviedad para todos los humanos para que actuemos en consecuencia, hacernos dar cuenta de que somos polvo y en polvo volvemos; el nacer conlleva consustancialmente la muerte y, por lo tanto, se ha de vivir teniendo en cuenta esta realidad inevitable e incuestionable. Para ello, lo que deberíamos buscar mientras vivamos es que nuestro paso por este mundo no fuera en vano, tampoco contribuyamos a la destrucción y al desmantelamiento del planeta ni a la aniquilación, el sometimiento y a la deshumanización de los seres humanos, nuestros semejantes.

Como decía una cuñada mía, en esta vida hay que pretender que tu presencia influya y tu ausencia se note por el bien de los tuyos, de tu sociedad donde vivas y de tu país.

Estamos viendo cómo algunos se han olvidado que también son mortales cuando empiezan a ejercer algún cargo público, o tras haber escalado unos cuantos escalones en la sociedad; desde ahí empiezan a creer que están por encima del mal y del bien, que son inmortales y se puede mirar a los demás por encima del hombro olvidando como fueron y vivieron antes de ser lo que son ahora y como viven los de las escalas inferiores a ellos. Esos no quieren que se les recuerde que fueron alguna vez como nosotros y viceversa, que todo lo que sube baja y lo que baja puede subir; tan mucho que se empeñan en querer demostrarnos que la realidad es distinta de la que percibimos el 90% de los humanos, que lo que vemos y vivimos no es lo que pasa ni es lo real, verídico sino una leyenda, un delirio de algunos.

De pequeño nos enseñaban en la iglesia que el pecado era toda la desobediencia voluntaria a la ley de Dios y que se cometía por obra, acción u omisión. Lo que muchos paisanos hacen y dicen sobre la realidad de nuestro país es difícil para que no sea calificado a los ojos de Dios como pecado capital o como un delito de lesa humanidad que sería perseguido, juzgado y condenado por los tribunales cuando llegue el momento.

Afirmar que se tiene la mejor red de hospitales, de sanidad de todo un continente en un país donde la gente se muere por la falta de oxígeno, donde no puede ser atendida en ningún hospital si no se paga previamente, donde la gente se muere por una mordedura de serpientes por falta de un antídoto o donde el 99 % de los pacientes no puede ser trasladado de urgencias a los centros de salud por falta de ambulancias; donde el 100 % de los mandatarios y altos cargos del Gobierno van a curarse, hacerse chequeos y pedir diagnósticos certeros en Occidente, África magrebí ( Túnez, Marruecos o Egipto), o en la vecina Camerún; no se tiene ni un sólo hospital universitario; que somos la perra en la Educación donde más de la mitad de la población para no decir dos tercios de la misma no es capaz de leer, escribir y calcular correctamente, las infraestructuras académicas (escuelas, colegios, institutos…), así como las herramientas básicas (los muebles, las TIC = nuevas tecnologías, etc) siguen siendo obsoletos y brillan por su ausencia; que se tiene la mejor red de carreteras, cuando los accidentes mortales y el caos de circulación se han quintuplicado y no hay datos oficiales de los atropellos, el número de víctimas mortales así como las causas de los siniestros anuales, sin mencionar la falta de mantenimiento (no se sabe, ni se ha sabido jamás cuánta gente muere al día, a la semana, al mes y al año en Guinea Ecuatorial y por qué muere), etc; simplemente es vivir en un mundo imaginario, en una constante ensoñación. Los datos que se atribuyen a unos organismos internacionales corrompidos y politizados que, lejos de estar al servicio de las personas, se han convertido en altavoces y abogados defensores de los gobiernos igualmente corruptos y dictatoriales en muchos casos además, son los que financian, los carga el diablo; ¿puede haber datos más fiables como el día a día de los propios habitantes que sufren en propia carne las injustas y ridículas políticas que benefician a unos pocos mientras que el pueblo queda abandonado a su suerte?

Como el epitafio del cementerio de Niefang podía ser una interpelación personal, cada uno lo puede, lo podría interpretar a su manera. Para Macías, nadie podía recordarle que como humano era mortal, iba a morir y como tenía tantas cuentas pendientes con los espíritus y almas de todos los fusilados y asesinados por él, tenía miedo a la muerte por eso se montó en cólera y mandó borrarlo. Otros que, en cambio, no tenían nada que temer a la muerte, tenían la conciencia tranquila y habían pasado por la vida haciendo el bien, como el estrafalario vecino del pueblo de mi primo, el padre Ambrosio, Ncogmbe – Esandón ( Micomiseng), François NVULU, que decía entre bromas que la gente verá cómo su cadáver yacerá elegante, guapo y sonriente, no como los cadáveres comunes que están momificados y defectuosos porque, de la misma manera que ha sido apuesto y elegante y ha enamorado a todas las mujeres, así será cuando muera; o sea, él era un hombre feliz y limpio de corazón.

En esta vida, el amor, la empatía, la solidaridad y la justicia te acercan más a Dios y a la felicidad plena; mientras que el odio, el rencor, el egoísmo, la envidia, la indiferencia y la injusticia te quitan el sueño, te hacen cómplice de las desgracias sociales, te hacen temer a la muerte porque presientes un futuro oscuro y un más allá en tinieblas. Estamos a tiempo de convertirnos.

Así lo pienso y así lo digo; ¿ qué os parece?

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